sábado, 30 de diciembre de 2006

La Dama de Blanco

Actualmente ando enfrascado en la lectura de esta obra de Wilkie Collins, el cual, según reza el texto de la contraportada, era considerado por Borges como el indiscutible maestro del arte de la intriga y el suspense.

La verdad es que inicialmente soy un poco escéptico respecto al suspense que pueda producir en mí un tocho del siglo XIX, cuya ambientación parece muy similar a la de cualquiera de las novelas de Jane Austen, pero como también me gustan las novelas de esta autora (precisamente esta semana he visto la película de Orgullo y Prejuicio protagonizada por la guapísima Keira Knightley), no tendré ningún problema en el caso de que la intriga en La Dama de Blanco sea más bien pobre, pero a cambio se me ofrezcan 431 páginas, con tipografía más bien densa, en las que se refleje la vida anodina de personajes despreocupados en una mansión rural inglesa del siglo XIX.

Y es que no sé por qué siempre me han encantado las novelas (o sus versiones cinematográficas) cuyos protagonistas son ingleses del siglo XIX (o principios del XX, estoy pensando ahora en la magnífica Lo que queda del día) de muy alta alcurnia, que viven en la campiña inglesa (nada de la suciedad de Londres, o de muertos de hambre como los personajes que pululan en las novelas de Dickens), que hablan un inglés correctísimo y con una dicción perfecta, y cuya vida es más bien ociosa (de hecho la mayoría de personajes suelen ser femeninos, cuya única preocupación es encontrar un marido guapo y rico, y aprender a dibujar, tocar el piano, o desenvolverse adecuadamente en bailes u otros eventos sociales). En fin, si consigo terminar el libro, prometo otra entrada en la que plasme mis impresiones.

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