Una gotita de agua en la ventana
silbidos de tetera en la cocina
el tic-tac del reloj de la vecina
es hora de tomar una tisana.
Olor húmedo al subir la persiana
el aire tibio ondea la cortina
tintinean las hojas de la encina
olvidando el sopor de la mañana.
Caen hilillos de plata del tejado
repiquetean las rojas baldosas
el patio queda limpio en un momento
Las caricias del sol me han despertado
respiro la secillez de las cosas
la vida es bella porque estoy contento.
sábado, 28 de abril de 2007
viernes, 27 de abril de 2007
Modificación de uno de mis antiguos sonetos (Ocellum)
Áureas aguas y de plata un camino,
de la plata que va al campo estrellado
al santo viejo un templo dedicado
doble estandarte para el peregrino.
De la edad oscura tu luz más bella
por el brillo de oriente iluminada
atalaya de cárcel desdentada
el maduro azahar tu cielo sella.
La señora de su hermano manchada
se hizo arco donde luce su hermosura
la sana vejez de la bien guardada.
Quien fue digno de maternal ternura
de esa madre que en soledad tú amas
vio en ti lugar para su sepultura.
de la plata que va al campo estrellado
al santo viejo un templo dedicado
doble estandarte para el peregrino.
De la edad oscura tu luz más bella
por el brillo de oriente iluminada
atalaya de cárcel desdentada
el maduro azahar tu cielo sella.
La señora de su hermano manchada
se hizo arco donde luce su hermosura
la sana vejez de la bien guardada.
Quien fue digno de maternal ternura
de esa madre que en soledad tú amas
vio en ti lugar para su sepultura.
viernes, 20 de abril de 2007
¿Qué hay de Martín-Vigil?
A un fan como yo soy de La vida sale al encuentro no le puede dejar de interesar el paradero actual de su autor. ¿Sigue vivo?. Ni siquiera de eso estoy seguro, aunque me inclino a pensar afirmativamente, ya que ha escrito un prólogo a una nueva edición de su libro en Homo Legens, que parece bastante reciente, y en la que se hace referencia también a un encuentro de Martín Vigil con sus antiguos alumnos del Apóstol Santiago (donde se descubre que La vida sale al encuentro tiene un toque autobiográfico, pues el Padre Urcola es el mismísimo Martín Vigil, y se pone nombre y apellidos reales a Ignacio Sáez de Ichaso y Falcón) de la promoción de oro, del 50-51. ¡Qué envidia me dan!, cómo me gustaría tener de viejo un reencuentro con mis compañeros de promoción, y celebrar que se hubiera escrito un libro basado en nuestras vivencias colegiales, y que fuera leído por todos los adolescentes españoles, y que las quinceañeras soñaran con Ignacio como su príncipe azul, y que Ignacio fuera yo... (vuelta a la cruda realidad).
El caso es que hay otras facetas del autor que todavía no he conseguido esclarecer del todo, ya que la información que he encontrado en Internet es bastante escasa. Sé por ejemplo que se salió de jesuita, pero no sé cuál fue exactamente la razón, tal vez la incompatibilidad de su faceta novelística con la vocación ignaciana (algo parecido le pasó a Gracián, y posteriormente fue uno de los autores más leídos en el resto de Europa). También siguió escribiendo un montón de libros, cuyos protagonistas eran casi siempre adolescentes. También por los títulos parece deducirse una deriva progresiva de Martín Vigil hacia cuestiones sociales (ambientes marginales, minería, etc.) aunque no tengo ni idea de cuál es su postura teológica.
¡Qué daría por haber tenido un cura como él en mi colegio! (no tengo ninguna queja con los que tuve, al contrario, pero creo que ninguno escribirá un libro sobre mí), en el fondo creo que soy un nostálgico de una Compañía de Jesús que no llegué a conocer, de los jesuitas como vanguardia de la Iglesia en todos los campos de la sociedad, un papel que se supone que ahora cumple el Opus Dei (y los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación...) pero que no sé por qué, a mí no me produce las mismas vibraciones que los jesuitas de antaño. ¡Si tan sólo fuera medio siglo más viejo! ¡qué de cosas hubiera visto sin perderme las presentes!.
El caso es que hay otras facetas del autor que todavía no he conseguido esclarecer del todo, ya que la información que he encontrado en Internet es bastante escasa. Sé por ejemplo que se salió de jesuita, pero no sé cuál fue exactamente la razón, tal vez la incompatibilidad de su faceta novelística con la vocación ignaciana (algo parecido le pasó a Gracián, y posteriormente fue uno de los autores más leídos en el resto de Europa). También siguió escribiendo un montón de libros, cuyos protagonistas eran casi siempre adolescentes. También por los títulos parece deducirse una deriva progresiva de Martín Vigil hacia cuestiones sociales (ambientes marginales, minería, etc.) aunque no tengo ni idea de cuál es su postura teológica.
¡Qué daría por haber tenido un cura como él en mi colegio! (no tengo ninguna queja con los que tuve, al contrario, pero creo que ninguno escribirá un libro sobre mí), en el fondo creo que soy un nostálgico de una Compañía de Jesús que no llegué a conocer, de los jesuitas como vanguardia de la Iglesia en todos los campos de la sociedad, un papel que se supone que ahora cumple el Opus Dei (y los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación...) pero que no sé por qué, a mí no me produce las mismas vibraciones que los jesuitas de antaño. ¡Si tan sólo fuera medio siglo más viejo! ¡qué de cosas hubiera visto sin perderme las presentes!.
domingo, 8 de abril de 2007
The Hobbit (II)
Como lo prometido es deuda, no voy a desaprovechar este breve paréntesis de la Semana Santa, que me permite cumplir propósitos formulados en épocas poco propicias por la gran carga de trabajo. El caso es que había dicho que iba a hacer un comentario sobre El Hobbit en cuanto terminase el libro, y hete aquí que me he ventilado incluso El Silmarillion, con su entrada correspondiente, y de El Hobbit, ni pío.
No voy a volver a coger el libro, ya que mi intención es mostrar aquello que se me ha quedado grabado en la mente. Por ejemplo podría intentar nombrar de nuevo a los trece enanos: Durin, Bofur, Bifur, Bombur, Balin, Dalin, Kili, Fili ... parece que la memoria me traiciona... [búsqueda en Internet]..., pues resulta que no es Durin, sino Thorin, que él me perdone, tampoco es Dalin, sino Dwalin (este error es menos grave), y no me venía a la cabeza la primera ristra de enanos: Dori, Nori, Ori, Oin y Gloin (mira que olvidarme del padre de Gimli...). Del dragón si que me acuerdo: Smaug (no confundir con el malvado Glaurung de El Silmarillion), cuyo principal punto débil es la vanidad, por culpa de la cual muestra su punto débil a Bilbo.
Muy interesante el duelo de acertijos entre Bilbo y Gollum, el cual ya conocía por las referencias que se hacen en El Señor de los Anillos, pero no sabía cuáles eran los acertijos con los que se habían ido desafiando (he de confesar que no fui capaz de adivinar la solución de alguno de ellos, espero no tener que jugarme jamás la vida en esa circunstancia). El encontronazo de los enanos con los elfos del Bosque Negro, que también se menciona en El Señor de los Anillos, las arañas gigantes, también en el Bosque Negro, los trolls, los hombres del lago, la Montaña Solitaria... pero como personaje más curioso me quedo con Beorn, el hombre-oso, servido por animales, un personaje tan llamativo como Tom Bombadil en El Señor de los Anillos.
Resumiendo, El Hobbit es un libro divertido, se lee de un tirón, y es totalmente intrascendente, un cuento para niños que gusta a los mayores. ¿Para cuándo la peli?.
No voy a volver a coger el libro, ya que mi intención es mostrar aquello que se me ha quedado grabado en la mente. Por ejemplo podría intentar nombrar de nuevo a los trece enanos: Durin, Bofur, Bifur, Bombur, Balin, Dalin, Kili, Fili ... parece que la memoria me traiciona... [búsqueda en Internet]..., pues resulta que no es Durin, sino Thorin, que él me perdone, tampoco es Dalin, sino Dwalin (este error es menos grave), y no me venía a la cabeza la primera ristra de enanos: Dori, Nori, Ori, Oin y Gloin (mira que olvidarme del padre de Gimli...). Del dragón si que me acuerdo: Smaug (no confundir con el malvado Glaurung de El Silmarillion), cuyo principal punto débil es la vanidad, por culpa de la cual muestra su punto débil a Bilbo.
Muy interesante el duelo de acertijos entre Bilbo y Gollum, el cual ya conocía por las referencias que se hacen en El Señor de los Anillos, pero no sabía cuáles eran los acertijos con los que se habían ido desafiando (he de confesar que no fui capaz de adivinar la solución de alguno de ellos, espero no tener que jugarme jamás la vida en esa circunstancia). El encontronazo de los enanos con los elfos del Bosque Negro, que también se menciona en El Señor de los Anillos, las arañas gigantes, también en el Bosque Negro, los trolls, los hombres del lago, la Montaña Solitaria... pero como personaje más curioso me quedo con Beorn, el hombre-oso, servido por animales, un personaje tan llamativo como Tom Bombadil en El Señor de los Anillos.
Resumiendo, El Hobbit es un libro divertido, se lee de un tirón, y es totalmente intrascendente, un cuento para niños que gusta a los mayores. ¿Para cuándo la peli?.
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sábado, 7 de abril de 2007
Semana Santa
Un libro menos: He devorado el Silmarillion en inglés en mucho menos tiempo de lo que me costó leerlo en castellano, lo cual se explica principalmente por dos razones: ya conocía la historia y estaba familiarizado con la mayoría de los personajes, mientras que la primera vez que abordé el libro me volvía loco intentado diferenciar a Fingolfin de Finarfin, y éstos a su vez de Fingon o de Finrod, un auténtico lío; por otra parte, la prosa del Silmarillion está hecha para ser leída en versión original, ya que el tono grandioso que Tolkien quiere dar a su narración resulta pesadísimo traducido a nuestro idioma.
Ahora mismo, cuando estoy escribiendo esta entrada, me viene a la mente el recuerdo de una de las narraciones más impactantes del libro, que no pertenece al Quenta Silmarillion, sino al Akallabêth (que recoge la historia de Númenor), y que describe el ataque de los numenoreanos contra los Poderes del Oeste. Concretamente, me he quedado con la impresionante imagen de las águilas de Manwë desafiando a los hombres en preparativo de guerra:
"Then the Eagles of the Lords of the West came up out of the dayfall, and they were arrayed as for battle, advancing in a line the end of which diminished beyond sight; and as they came their wings spread ever wider, grasping the sky. But the West burned red behing them, and they glowed beneath, as though they were lit with a flame of great anger, so that all Númenor was illumined as with a smouldering fire; and men looked upon the faces of their fellows, and it seemed to them that they were red with wrath."
Y a pesar de la amenaza de las águilas, los muy cabezotas de los numenoreanos decidieron seguir con sus planes de invasión del país de los Valar, y claro, así fue como todos sabemos que les fue. Y es que la decadencia de Númenor es uno de los hechos más tristes narrados en el Silmarillion, ya que aunque los elfos también hicieron de las suyas (las tres matanzas de elfos a manos de elfos, o el abandono de las casas de Fingolfin y de Finarfin en los hielos de Helcaraxë), no llegaron a los extremos de realizar sacrificios humanos en honor de Melkor. En fin, que este libro merece la pena ser leído, pero en lengua inglesa por favor, que no en vano Tolkien es el auténtico inventor de la mitología británica (también está la leyenda del rey Arturo, pero como dice Tolkien, se trata de mitología que, aunque geográficamente transcurra en suelo británico, culturalmente está ligada a toda la Europa cristiana, y contiene elementos cristianos, lo cual parece que le quita pureza al relato mitológico).
¡Ah!, y ya estoy enfrascado de lleno en la lectura de Isabel la Católica, el enigma de una reina. El libro promete, y dará para una entrada jugosísima. ¡Si todavía estoy en los prolegómenos, por Enrique IV, y la cosa no puede estar más interesante!.
Ahora mismo, cuando estoy escribiendo esta entrada, me viene a la mente el recuerdo de una de las narraciones más impactantes del libro, que no pertenece al Quenta Silmarillion, sino al Akallabêth (que recoge la historia de Númenor), y que describe el ataque de los numenoreanos contra los Poderes del Oeste. Concretamente, me he quedado con la impresionante imagen de las águilas de Manwë desafiando a los hombres en preparativo de guerra:
"Then the Eagles of the Lords of the West came up out of the dayfall, and they were arrayed as for battle, advancing in a line the end of which diminished beyond sight; and as they came their wings spread ever wider, grasping the sky. But the West burned red behing them, and they glowed beneath, as though they were lit with a flame of great anger, so that all Númenor was illumined as with a smouldering fire; and men looked upon the faces of their fellows, and it seemed to them that they were red with wrath."
Y a pesar de la amenaza de las águilas, los muy cabezotas de los numenoreanos decidieron seguir con sus planes de invasión del país de los Valar, y claro, así fue como todos sabemos que les fue. Y es que la decadencia de Númenor es uno de los hechos más tristes narrados en el Silmarillion, ya que aunque los elfos también hicieron de las suyas (las tres matanzas de elfos a manos de elfos, o el abandono de las casas de Fingolfin y de Finarfin en los hielos de Helcaraxë), no llegaron a los extremos de realizar sacrificios humanos en honor de Melkor. En fin, que este libro merece la pena ser leído, pero en lengua inglesa por favor, que no en vano Tolkien es el auténtico inventor de la mitología británica (también está la leyenda del rey Arturo, pero como dice Tolkien, se trata de mitología que, aunque geográficamente transcurra en suelo británico, culturalmente está ligada a toda la Europa cristiana, y contiene elementos cristianos, lo cual parece que le quita pureza al relato mitológico).
¡Ah!, y ya estoy enfrascado de lleno en la lectura de Isabel la Católica, el enigma de una reina. El libro promete, y dará para una entrada jugosísima. ¡Si todavía estoy en los prolegómenos, por Enrique IV, y la cosa no puede estar más interesante!.
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domingo, 25 de marzo de 2007
Un libro menos
Para mi alivio ya he terminado uno de los libros que estaba abordando simultáneamente. Como ya hice una recensión del libro, me limitaré a comentar algunos hechos que no había leído aún al escribir la otra entrada, y que me han llamado bastante la atención.
El primer episodio curioso aparece en el capítulo 13 (Los hombres del Rey), y aunque me avergüenza un poco comentarlo, ya que se trata de un cotilleo más que de otra cosa, no deja de tener su interés. Resulta que en el viaje que Felipe II realizó a Inglaterra para consumar su matrimonio con María Tudor (y aquí uno no puede dejar de preguntarse cómo hubiera cambiado la Historia de España si de esa unión hubiese surgido un vástago, que hubiese heredado conjuntamente Inglaterra y los Países Bajos. Quién sabe, tal vez ahora tendríamos un Reino Unido católico, y los flamencos no nos hubieran dado tanto la lata en el siglo XVII) le acompañaba uno de sus hombres más cercanos, don Gómez Suárez de Figueroa, conde de Feria, posteriormente duque. Allí en Inglaterra conoció a una dama de la corte, lady Jane Dormer, cuyo retrato se conserva en el Museo del Prado (supongo que será éste que pongo abajo), y que por alguna oscura razón le pareció una beldad (a mí por el cuadro no es que me atraiga mucho que digamos) y decidió casarse con ella pese a la oposición familiar. En efecto, su madre, doña Catalina Fernández de Córdoba le tenía preparada una boda con una sobrina del duque, con el fin de unir las casas de Feria y de Priego. Cuando su hijo le comunicó que se casaba con la inglesa, su madre puso el grito en el cielo, pues ya por aquella época, por razones religiosas, la reputación de las inglesas en España no era muy buena (algunos hoy dirían que las inglesas tienen "muy buena reputación"). A tal extremo llegó la cosa que doña Catalina llegó a recurrir al mismísimo padre Laínez (quien fuera el segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús) para hacer entrar en razón a su hijo. El buen jesuita, con buen sentido, tranquilizó a la madre, pues Jane Domer por lo visto era una bellísima persona, y de ella diría don Álvaro de la Quadra que "... cierto, es muy gentil señora y de muy santas costumbres..." así que finalmente el duque de Feria se salió con la suya, y pudo presumir en España de su exótica conquista.
Otro asunto muy curioso está relacionado con el testamento del Rey. Mencionando en una cláusula las reliquias que no debían enajenarse bajo ningún concepto (Felipe II era un apasionado de las reliquias, llegando a atesorar más de 7400), hace alusión también a otros objetos que debían conservarse, y que no eran reliquias, sino pura superchería: ¡seis cuernos de unicornio!. Por lo visto el Rey creía en la existencia de ese animal fabuloso, y en las propiedades milagrosas que se le atribuían a su cuerno, que aumentaba la potencia viril de su dueño. Y ya se sabe que los asuntos de alcoba son esenciales para la perpetuación de la dinastía, así que un poco de superstición no iba a hacer mucho daño...
Un episodio más serio es la conjura del pastelero de Madrigal, de la que yo no había leído nada anteriormente. Como la historia es un poco larga, mejor visitar este blog, donde se explica estupendamente.
Por último, la agonía del Rey. De esa sí que ya sabía cosas, pero cuando se vuelve a leer no deja de impresionar: La gota que le hace insoportable hasta el peso de la sábana, un tumor maligno en la pierna, que los médicos le sajan para que supure, llagas por todo el cuerpo debido a la inmovilidad, mal funcionamiento del vientre que obliga a hacerle una abertura por donde expulsar los excrementos... Pero lo mejor de todo es cuando llama al pusilánime de su hijo, futuro Felipe III, para que viera que los reyes también son hombres mortales: "...porque véais en lo que paran las monarquías deste mundo..."
En fin, cuatro perlas de un libro que ha merecido la pena leer, pese a su extensión. Ahora, ¡a por Isabel la Católica!.
El primer episodio curioso aparece en el capítulo 13 (Los hombres del Rey), y aunque me avergüenza un poco comentarlo, ya que se trata de un cotilleo más que de otra cosa, no deja de tener su interés. Resulta que en el viaje que Felipe II realizó a Inglaterra para consumar su matrimonio con María Tudor (y aquí uno no puede dejar de preguntarse cómo hubiera cambiado la Historia de España si de esa unión hubiese surgido un vástago, que hubiese heredado conjuntamente Inglaterra y los Países Bajos. Quién sabe, tal vez ahora tendríamos un Reino Unido católico, y los flamencos no nos hubieran dado tanto la lata en el siglo XVII) le acompañaba uno de sus hombres más cercanos, don Gómez Suárez de Figueroa, conde de Feria, posteriormente duque. Allí en Inglaterra conoció a una dama de la corte, lady Jane Dormer, cuyo retrato se conserva en el Museo del Prado (supongo que será éste que pongo abajo), y que por alguna oscura razón le pareció una beldad (a mí por el cuadro no es que me atraiga mucho que digamos) y decidió casarse con ella pese a la oposición familiar. En efecto, su madre, doña Catalina Fernández de Córdoba le tenía preparada una boda con una sobrina del duque, con el fin de unir las casas de Feria y de Priego. Cuando su hijo le comunicó que se casaba con la inglesa, su madre puso el grito en el cielo, pues ya por aquella época, por razones religiosas, la reputación de las inglesas en España no era muy buena (algunos hoy dirían que las inglesas tienen "muy buena reputación"). A tal extremo llegó la cosa que doña Catalina llegó a recurrir al mismísimo padre Laínez (quien fuera el segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús) para hacer entrar en razón a su hijo. El buen jesuita, con buen sentido, tranquilizó a la madre, pues Jane Domer por lo visto era una bellísima persona, y de ella diría don Álvaro de la Quadra que "... cierto, es muy gentil señora y de muy santas costumbres..." así que finalmente el duque de Feria se salió con la suya, y pudo presumir en España de su exótica conquista.
Otro asunto muy curioso está relacionado con el testamento del Rey. Mencionando en una cláusula las reliquias que no debían enajenarse bajo ningún concepto (Felipe II era un apasionado de las reliquias, llegando a atesorar más de 7400), hace alusión también a otros objetos que debían conservarse, y que no eran reliquias, sino pura superchería: ¡seis cuernos de unicornio!. Por lo visto el Rey creía en la existencia de ese animal fabuloso, y en las propiedades milagrosas que se le atribuían a su cuerno, que aumentaba la potencia viril de su dueño. Y ya se sabe que los asuntos de alcoba son esenciales para la perpetuación de la dinastía, así que un poco de superstición no iba a hacer mucho daño...
Un episodio más serio es la conjura del pastelero de Madrigal, de la que yo no había leído nada anteriormente. Como la historia es un poco larga, mejor visitar este blog, donde se explica estupendamente.
Por último, la agonía del Rey. De esa sí que ya sabía cosas, pero cuando se vuelve a leer no deja de impresionar: La gota que le hace insoportable hasta el peso de la sábana, un tumor maligno en la pierna, que los médicos le sajan para que supure, llagas por todo el cuerpo debido a la inmovilidad, mal funcionamiento del vientre que obliga a hacerle una abertura por donde expulsar los excrementos... Pero lo mejor de todo es cuando llama al pusilánime de su hijo, futuro Felipe III, para que viera que los reyes también son hombres mortales: "...porque véais en lo que paran las monarquías deste mundo..."
En fin, cuatro perlas de un libro que ha merecido la pena leer, pese a su extensión. Ahora, ¡a por Isabel la Católica!.
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sábado, 24 de marzo de 2007
El buen alemán
Dos buenas películas consecutivas vistas en el cine es ya mucha casualidad, así que la tercera tenía que tener alguna pega: es un tostón de principio a fin. Iba con el amigo habitual, el que no le gusta el cine español (aunque teniendo como opciones Lola, la película y la de Santa Teresa tampoco estaba yo por la labor) y con otro más, también habitual, y su novia, a la que hacía mucho que no veía.
Entramos en la sala con la película recién comenzada, y nos damos cuenta de que es en blanco y negro —mal empezamos—. El reparto es bueno, pero eso no soluciona nada: está Galadriel, que pierde mucho cuando no podemos admirar su bella cabellera rubia; está el de los anuncios del Corte Inglés, protagonista de la película para más inri; también se puede ver, aunque por poco tiempo, a Spiderman.
Admiro las tomas del Berlín de la posguerra (dos días después iba a estar en ese mismo lugar), y el fundido entre esas imágenes de documental y las escenas de la película (aunque mi amigo, el que denosta el cine patrio, dice que en Cuéntame lo hacen mejor).
Galadriel, mujer fatal, va poco a poco desentrañando su oscuro secreto, pero la verdad es que cuando nos desvela su traición a su raza (y no precisamente a la de los Noldor) con la vulgar excusa de que "tenía que sobrevivir", y se sube a un avión en una escena que podría haber usado la Lufthansa el año pasado para celebrar su 80 aniversario, uno llega a la conclusión de que qué lastima de 6 euros y pico, que hubieran estado mejor invertidos en una copichuela en compañía de una chica, aunque no fuese Galadriel. Para colmo, mi cabezonería me llevó a apostar que era Scarlett Johansson y no Naomi Watts quien protagonizaba The Ring, así que la próxima vez tendré que invitar a mi amigo al cine. Espero que los 300 no me decepcionen.
Entramos en la sala con la película recién comenzada, y nos damos cuenta de que es en blanco y negro —mal empezamos—. El reparto es bueno, pero eso no soluciona nada: está Galadriel, que pierde mucho cuando no podemos admirar su bella cabellera rubia; está el de los anuncios del Corte Inglés, protagonista de la película para más inri; también se puede ver, aunque por poco tiempo, a Spiderman.
Admiro las tomas del Berlín de la posguerra (dos días después iba a estar en ese mismo lugar), y el fundido entre esas imágenes de documental y las escenas de la película (aunque mi amigo, el que denosta el cine patrio, dice que en Cuéntame lo hacen mejor).
Galadriel, mujer fatal, va poco a poco desentrañando su oscuro secreto, pero la verdad es que cuando nos desvela su traición a su raza (y no precisamente a la de los Noldor) con la vulgar excusa de que "tenía que sobrevivir", y se sube a un avión en una escena que podría haber usado la Lufthansa el año pasado para celebrar su 80 aniversario, uno llega a la conclusión de que qué lastima de 6 euros y pico, que hubieran estado mejor invertidos en una copichuela en compañía de una chica, aunque no fuese Galadriel. Para colmo, mi cabezonería me llevó a apostar que era Scarlett Johansson y no Naomi Watts quien protagonizaba The Ring, así que la próxima vez tendré que invitar a mi amigo al cine. Espero que los 300 no me decepcionen.
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domingo, 11 de marzo de 2007
Demasiados libros
Rechaza la sed de libros —dice Marco Aurelio—, para morir no con lamentos, sino con serenidad.
Así comienza el sexto capítulo de "El trabajo intelectual", de Jean Guitton, editado por Rialp en la colección Biblioteca del Cincuentenario. Actualmente no estoy siguiendo en absoluto el sabio consejo del emperador estoico, ya que mis lecturas abarcan mucho más de lo aconsejable para la serenidad de mi espíritu.
Después de acabar El Hobbit, del que aún tengo una crítica pendiente, mis lecturas en inglés continúan con la obra de Tolkien, concretamente con el libro en el que se asientan los pilares fundamentales de la mitología tolkieniana: El Silmarillion. Yo ya lo había leído en español, y la impresión que me produjo entonces fue la de un libro sin estructura coherente (lo cual es lógico, tratándose de una recopilación póstuma de textos del autor publicada por su hijo Christopher), en ocasiones pesadísimo, reiterativo, con una multitud de nombres imposible de memorizar, pero con un despliegue sencillamente magistral de toda una tradición mitológica sustentadora de un mundo imaginario. Esto último justifica sobradamente la lectura del libro pese a los inconvenientes antes mencionados, pero si además se tiene acceso a la obra en inglés, se podrá disfrutar de un bellísimo texto épico capaz de producir escalofríos de placer hasta en las mentes más impermeables a los encantos de la literatura fantástica.
Por otra parte, continúo con la lectura de Felipe II y su tiempo, que aunque dé la impresión —por el tiempo que me está llevando acabarlo— de que me está pareciendo un tostón, en realidad lo estoy disfrutando bastante. El problema es que al tratarse de una edición poco manejable, no lo quiero llevar diariamente en el transporte público, y sólo lo leo los fines de semana, robando tiempo a otras tareas también necesarias (como el cultivo de mi escasa vida social).
Para cuando lo termine, tengo esperando en mi estantería un libro que me trajeron los Reyes Magos el año pasado sobre Isabel la Católica, El Enigma de una Reina, escrito por José María Javierre. En un principio no tenía muchas ganas de leer este libro, en primer lugar, porque los Reyes me lo trajeron sin yo habérselo pedido, en segundo lugar, por su extensión, similar a la de Felipe II y su tiempo, y por último, por su autor, que me pareció demasiado entusiasta de la Reina (yo también soy bastante entusiasta, pero a la hora de leer un libro de Historia, me gusta que el autor tenga un poco de mesura). Ahora soy de otro parecer, es verdad que José María Javierre toma partido claramente a favor de Isabel, pero me ha resultado interesante saber que el autor, como buen cura progre que parece ser, tenía inicialmente una visión muy negativa de la Reina (por la Inquisición, la expulsión de los judíos, y todo eso), por lo que ahora me interesa saber por qué razón cambió de opinión, y por lo tanto me leeré el libro.
Además, aprovechando que estamos en Cuaresma, después de leer el mensaje del Santo Padre (un folio por las dos caras), estoy intentando abordar la lectura de una obra de Santa Teresa de Jesús: El Libro de la Vida. La verdad es que no sé cuántas veces he intentado hacer esto anteriormente, pero siempre ocurría que, aunque el comienzo me resultara delicioso, por el lenguaje tan fresco que utiliza la Santa, lo cierto es que cuando empieza a declarar los distintos modos de oración, el libro torna a ser más bien denso e incomprensible, así que nunca he logrado acabarlo. En esta ocasión tengo como aliciente la película que se ha estrenado en España sobre Santa Teresa, como no tengo ninguna intención de ir a verla (una película que se supone que ha escandalizado a la Iglesia Católica, cuando lo que ha pasado en verdad es que los medios de comunicación han confundido una crítica mesurada en una revista cristiana catalana, hecha por un crítico de cine católico, que ni es obispo ni siquiera sacerdote, con un anatema lanzado por la mismísima Jerarquía, y mientras el director y Paz Vega contentísimos con la publicidad gratis que le han hecho los medios de comunicación, pareciendo además que ésta se la ha hecho torpemente la Iglesia, como si la película fuese La Última Tentación de Cristo) he decidido que mejor intento profundizar en las obras de la Santa, lo cual seguro que me resultará mucho más provechoso. He comenzado por el Libro de la Vida porque es el que tengo en casa, y también porque por orden cronológico es el primero que hay que leer. Después puede que pruebe con Las Moradas o Las Fundaciones.
De modo que estoy con tres libros, uno de ellos en inglés, y otro en castellano antiguo, posiblemente algo remozado para mayor comprensión del lector moderno. Además está lo que debería leer en alemán, más todo lo que tengo que leer y escribir en el trabajo, que ahora no viene al caso, y encima escribiendo en este blog: Rechaza la sed de libros, rechaza la sed de libros...
Así comienza el sexto capítulo de "El trabajo intelectual", de Jean Guitton, editado por Rialp en la colección Biblioteca del Cincuentenario. Actualmente no estoy siguiendo en absoluto el sabio consejo del emperador estoico, ya que mis lecturas abarcan mucho más de lo aconsejable para la serenidad de mi espíritu.
Después de acabar El Hobbit, del que aún tengo una crítica pendiente, mis lecturas en inglés continúan con la obra de Tolkien, concretamente con el libro en el que se asientan los pilares fundamentales de la mitología tolkieniana: El Silmarillion. Yo ya lo había leído en español, y la impresión que me produjo entonces fue la de un libro sin estructura coherente (lo cual es lógico, tratándose de una recopilación póstuma de textos del autor publicada por su hijo Christopher), en ocasiones pesadísimo, reiterativo, con una multitud de nombres imposible de memorizar, pero con un despliegue sencillamente magistral de toda una tradición mitológica sustentadora de un mundo imaginario. Esto último justifica sobradamente la lectura del libro pese a los inconvenientes antes mencionados, pero si además se tiene acceso a la obra en inglés, se podrá disfrutar de un bellísimo texto épico capaz de producir escalofríos de placer hasta en las mentes más impermeables a los encantos de la literatura fantástica.
Por otra parte, continúo con la lectura de Felipe II y su tiempo, que aunque dé la impresión —por el tiempo que me está llevando acabarlo— de que me está pareciendo un tostón, en realidad lo estoy disfrutando bastante. El problema es que al tratarse de una edición poco manejable, no lo quiero llevar diariamente en el transporte público, y sólo lo leo los fines de semana, robando tiempo a otras tareas también necesarias (como el cultivo de mi escasa vida social).
Para cuando lo termine, tengo esperando en mi estantería un libro que me trajeron los Reyes Magos el año pasado sobre Isabel la Católica, El Enigma de una Reina, escrito por José María Javierre. En un principio no tenía muchas ganas de leer este libro, en primer lugar, porque los Reyes me lo trajeron sin yo habérselo pedido, en segundo lugar, por su extensión, similar a la de Felipe II y su tiempo, y por último, por su autor, que me pareció demasiado entusiasta de la Reina (yo también soy bastante entusiasta, pero a la hora de leer un libro de Historia, me gusta que el autor tenga un poco de mesura). Ahora soy de otro parecer, es verdad que José María Javierre toma partido claramente a favor de Isabel, pero me ha resultado interesante saber que el autor, como buen cura progre que parece ser, tenía inicialmente una visión muy negativa de la Reina (por la Inquisición, la expulsión de los judíos, y todo eso), por lo que ahora me interesa saber por qué razón cambió de opinión, y por lo tanto me leeré el libro.
Además, aprovechando que estamos en Cuaresma, después de leer el mensaje del Santo Padre (un folio por las dos caras), estoy intentando abordar la lectura de una obra de Santa Teresa de Jesús: El Libro de la Vida. La verdad es que no sé cuántas veces he intentado hacer esto anteriormente, pero siempre ocurría que, aunque el comienzo me resultara delicioso, por el lenguaje tan fresco que utiliza la Santa, lo cierto es que cuando empieza a declarar los distintos modos de oración, el libro torna a ser más bien denso e incomprensible, así que nunca he logrado acabarlo. En esta ocasión tengo como aliciente la película que se ha estrenado en España sobre Santa Teresa, como no tengo ninguna intención de ir a verla (una película que se supone que ha escandalizado a la Iglesia Católica, cuando lo que ha pasado en verdad es que los medios de comunicación han confundido una crítica mesurada en una revista cristiana catalana, hecha por un crítico de cine católico, que ni es obispo ni siquiera sacerdote, con un anatema lanzado por la mismísima Jerarquía, y mientras el director y Paz Vega contentísimos con la publicidad gratis que le han hecho los medios de comunicación, pareciendo además que ésta se la ha hecho torpemente la Iglesia, como si la película fuese La Última Tentación de Cristo) he decidido que mejor intento profundizar en las obras de la Santa, lo cual seguro que me resultará mucho más provechoso. He comenzado por el Libro de la Vida porque es el que tengo en casa, y también porque por orden cronológico es el primero que hay que leer. Después puede que pruebe con Las Moradas o Las Fundaciones.
De modo que estoy con tres libros, uno de ellos en inglés, y otro en castellano antiguo, posiblemente algo remozado para mayor comprensión del lector moderno. Además está lo que debería leer en alemán, más todo lo que tengo que leer y escribir en el trabajo, que ahora no viene al caso, y encima escribiendo en este blog: Rechaza la sed de libros, rechaza la sed de libros...
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domingo, 4 de marzo de 2007
La Latina de noche
Barrio frecuentadísimo de la noche madrileña, conocido más por los foráneos que por los naturales. Locales minúsculos, muchedumbres apretadas, precios elevados... Anoche hubo noche marchosa con un grupo de procedencia diversa: Andalucía, Murcia, Comunidad Valenciana, Navarra, Francia... Naturalmente los primeros marcaban el ritmo de la juerga: bulerías, saetas, palmas, zapateados... cena —carísima, por cierto— en el Sanlúcar: patatas con atún en escabeche, tortilla de camarón, adobes de Sanlúcar (cazón, supuse yo), ternera con salsa de queso, bocadito (riquísimo) de serrano, pimiento frito y ternera. Para beber, un par de cañas, si bien los sureños le dieron al fino. La broma salió por 15 € por barba, cuando sólo habíamos picado un poco de cada plato, (sospecho que los finos tuvieron la culpa).
Larga velada de cuatro horas en La Joyería (Calle de la Cruz, 33), mucha niña mona, mucho bailoteo —Bisbal, Bustamante, Melendi, tonos rumberos, flamencos, salseros, merengues, sevillanas, un poco de todo, vamos— Las copas se subían rápido, por la escasa ingesta anterior. Los de abajo triunfando una y otra vez (la verdad es que las niñas eran muy enrolladas). La Joyería no está mal del todo, hay bastantes perchas, pero tiene un defecto: pocos sitios donde dejar tu copa vacía. Consecuencia: necesario echar mano de una especie de acomodador, que con linterna en mano busca las copas y botellas abandonadas a lo largo de los rodapiés.
Cierre a las cuatro. Discusión en el grupo (¿seguimos?), yo no doy más de mí, una chica de las nuestras se escapa. Por supuesto, yo también me largo con ella. Sendos búhos cogidos por los pelos en Cibeles. El mío (el N21) se va llenando de forma alarmante —¡Échense hacia atrás!, grito conminatorio del conductor, que provoca las rechiflas del personal. En Moncloa, cojo a tiempo el 901 (Laus Deo!) , intenso aroma a hierba: hay cosas que nunca cambian.
Larga velada de cuatro horas en La Joyería (Calle de la Cruz, 33), mucha niña mona, mucho bailoteo —Bisbal, Bustamante, Melendi, tonos rumberos, flamencos, salseros, merengues, sevillanas, un poco de todo, vamos— Las copas se subían rápido, por la escasa ingesta anterior. Los de abajo triunfando una y otra vez (la verdad es que las niñas eran muy enrolladas). La Joyería no está mal del todo, hay bastantes perchas, pero tiene un defecto: pocos sitios donde dejar tu copa vacía. Consecuencia: necesario echar mano de una especie de acomodador, que con linterna en mano busca las copas y botellas abandonadas a lo largo de los rodapiés.
Cierre a las cuatro. Discusión en el grupo (¿seguimos?), yo no doy más de mí, una chica de las nuestras se escapa. Por supuesto, yo también me largo con ella. Sendos búhos cogidos por los pelos en Cibeles. El mío (el N21) se va llenando de forma alarmante —¡Échense hacia atrás!, grito conminatorio del conductor, que provoca las rechiflas del personal. En Moncloa, cojo a tiempo el 901 (Laus Deo!) , intenso aroma a hierba: hay cosas que nunca cambian.
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miércoles, 21 de febrero de 2007
Ocurrencias en el metro
Viajar en la línea 10 del metro de Madrid a las siete y media de la mañana no es una de las experiencias más excitantes que te pueden suceder en la vida. Muchas veces no es ni siquiera una experiencia, sino un estado de semiinconsciencia en el que la única actividad de tu intelecto es agarrarte a una barra y encontrar una pizca de aire para respirar.
Sin embargo, hoy ha sido diferente, el metro no iba excesivamente lleno (eso quiere decir que tenía un sitio bien definido donde poder asentar mis pies), y mi cerebro hizo dos consideraciones curiosas (curiosas dadas las circunstancias ya descritas, quiero decir).

Primera consideración: Joven embarazada que está de pie y a la que nadie cede el asiento. No, no voy a describir aquí un acto de caballerosidad o de caridad cristiana (hoy es Miércoles de Ceniza), por el cual acudí raudo en ayuda de la indefensa dama, e increpé a los insolidarios que no habían cedido gentilmente su asiento a aquella contribuyente a la maltrecha natalidad española.
No, no voy a describir tamaño acto virtuoso, porque sencillamente no tuvo lugar. La verdad es que cuando yo voy sentado en el metro, casi nunca me doy cuenta de si hay alguien que está de pie al que debería ceder mi asiento. Hoy iba de pie, pero mi autismo era el mismo, así que tampoco me apercibí de la presencia de la embarazada, pero otro señor sí. Este señor sí que increpó a los que no cedían su asiento... Bueno, en realidad no los increpó, sino que les llamó la atención... Bueno, tampoco les llamó la atención, sino que le llamó la atención. Con esto quiero decir que hizo levantarse a un señor en concreto, y aquí es donde viene la gracia, ¿adivinan a quién?, pues al que tenía encima un cartel similar al de la foto (el de la foto es del metro de Ciudad de Méjico, pues no he encontrado ninguno del de Madrid, pero ambos son muy similares, se diferencian sólo en que el de Madrid en vez de un WC, pues no lo hay, tiene dibujado un señor con muletas). O sea, que si tu asiento no está debajo de ese cartel, no estás obligado a cedérselo a nadie, ya sean embarazadas de nueve meses, ancianos centenarios o lisiados de las Guerras Carlistas, ¿es así como funciona?.

Segunda consideración: Me pongo a leer, ya que ahora mismo estoy sin libro (esto lo tengo que explicar en otra entrada), un cartel de la promoción Libros a la calle. Se trata de un fragmento de La tesis de Nancy, una obra de Ramón J. Sender, del que no había leído nada antes, y me resulta gracioso.
Después de leerlo, mis ojos se van un poco más arriba, y se dan cuenta de que la situación descrita en el texto se ilustra perfectamente por medio de un dibujo, pero yo, con el déficit de atención matutino, ni lo había vislumbrado. Eso me hizo recordar videomontajes o diapositivas que algunas veces me han enseñado para demostrar la poca capacidad de atención de la mente humana. Concretamente había uno sobre un tipo australiano que revolucionó el mundo del cine antes que los hermanos Lumière, otro sobre un grupo de estudiantes haciendo el imbécil con una pelota, otro de buscar el número de veces que aparecía una letra en un texto... y eso me hizo pensar que no he mejorado nada desde aquellas ocasiones, que se me darán muy bien las matemáticas, los idiomas y la física, pero que no soy lo suficientemente avispado como para darme cuenta de las embarazadas que me rodean.
Sin embargo, hoy ha sido diferente, el metro no iba excesivamente lleno (eso quiere decir que tenía un sitio bien definido donde poder asentar mis pies), y mi cerebro hizo dos consideraciones curiosas (curiosas dadas las circunstancias ya descritas, quiero decir).
Primera consideración: Joven embarazada que está de pie y a la que nadie cede el asiento. No, no voy a describir aquí un acto de caballerosidad o de caridad cristiana (hoy es Miércoles de Ceniza), por el cual acudí raudo en ayuda de la indefensa dama, e increpé a los insolidarios que no habían cedido gentilmente su asiento a aquella contribuyente a la maltrecha natalidad española.
No, no voy a describir tamaño acto virtuoso, porque sencillamente no tuvo lugar. La verdad es que cuando yo voy sentado en el metro, casi nunca me doy cuenta de si hay alguien que está de pie al que debería ceder mi asiento. Hoy iba de pie, pero mi autismo era el mismo, así que tampoco me apercibí de la presencia de la embarazada, pero otro señor sí. Este señor sí que increpó a los que no cedían su asiento... Bueno, en realidad no los increpó, sino que les llamó la atención... Bueno, tampoco les llamó la atención, sino que le llamó la atención. Con esto quiero decir que hizo levantarse a un señor en concreto, y aquí es donde viene la gracia, ¿adivinan a quién?, pues al que tenía encima un cartel similar al de la foto (el de la foto es del metro de Ciudad de Méjico, pues no he encontrado ninguno del de Madrid, pero ambos son muy similares, se diferencian sólo en que el de Madrid en vez de un WC, pues no lo hay, tiene dibujado un señor con muletas). O sea, que si tu asiento no está debajo de ese cartel, no estás obligado a cedérselo a nadie, ya sean embarazadas de nueve meses, ancianos centenarios o lisiados de las Guerras Carlistas, ¿es así como funciona?.

Segunda consideración: Me pongo a leer, ya que ahora mismo estoy sin libro (esto lo tengo que explicar en otra entrada), un cartel de la promoción Libros a la calle. Se trata de un fragmento de La tesis de Nancy, una obra de Ramón J. Sender, del que no había leído nada antes, y me resulta gracioso.
Después de leerlo, mis ojos se van un poco más arriba, y se dan cuenta de que la situación descrita en el texto se ilustra perfectamente por medio de un dibujo, pero yo, con el déficit de atención matutino, ni lo había vislumbrado. Eso me hizo recordar videomontajes o diapositivas que algunas veces me han enseñado para demostrar la poca capacidad de atención de la mente humana. Concretamente había uno sobre un tipo australiano que revolucionó el mundo del cine antes que los hermanos Lumière, otro sobre un grupo de estudiantes haciendo el imbécil con una pelota, otro de buscar el número de veces que aparecía una letra en un texto... y eso me hizo pensar que no he mejorado nada desde aquellas ocasiones, que se me darán muy bien las matemáticas, los idiomas y la física, pero que no soy lo suficientemente avispado como para darme cuenta de las embarazadas que me rodean.
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viernes, 16 de febrero de 2007
Salir de noche (y II)
Hablaba el otro día de los inconvenientes de la marcha nocturna, y de cómo a mí no me resultaba tan fascinante como a la gente con la que salgo (o eso parece, por lo menos). Como la retahíla de improperios contra este tipo de ocio quedó inconclusa, voy a intentar acabarla con esta entrada, y así resarcirme de ese regusto a hipocresía que me queda cuando después de una larga, cansina y desaborida noche me preguntan si me lo he pasado bien, y siempre contesto afirmativamente, si bien con poco entusiasmo.
En conexión con la falta de perchas y el aire viciado de tabaco, podría hablar ahora de los infectos cuartos de baño que suelen encontrarse en estos locales. Ya sé que la gente, a esas horas, y con lo que lleva en el cuerpo, no va a poder hacer muchos alardes de puntería a la hora de vaciar su vejiga, pero eso no justifica que todo el suelo quede encharcado, o a lo mejor sí, teniendo en cuenta la racanería de la que hacen gala muchos garitos a la hora de reservar espacio para estas funciones. Ya no es sólo lo reducido del espacio, sino la cutre elección del modelo de sanitarios: urinarios minúsculos situados a una altura adecuada más bien para niños de ochos años, que parecen diseñados para robarte la intimidad a la hora de miccionar, inodoros, también diminutos, desprovistos de tapa y de asiento, por supuesto sin papel higiénico, y cuya única utilidad es hacerte rezar para que no te entre un apretón, largas colas de espera, alta concentración de borrachos y pastilleros, un panorama encantador, sin duda.
La bebida. No voy a hablar aquí de que si ponen garrafón, que si las copas están muy caras... Voy a hablar de la falta de comida. Obviamente un bar de copas no es un restaurante, pero las copas entran mejor con algo para picar, digo yo. He oído hablar de que en otras ciudades de España sí que es frecuente que puedas comer algo en estos sitios, incluso en Galicia parece ser que puedes comerte un buen bocata (esta región en eso del buen comer suele estar bastante en la vanguardia), pero lo que es en Madrid, más vale que vayas bien cenado, si no quieres que ya la segunda copa empiece a subírsete a la cabeza.
El ¿a dónde vamos ahora?. Esa peligrosa indecisión a las tres de la madrugada de una fría noche invernal madrileña. Hacer una ronda por muchos bares está muy bien, pero por favor, resérvese sólo para estaciones templadas o cálidas. En el fondo esto pasa muy frecuentemente cuando un local no está muy animado, dando igual que el grupo con el que salgas sea bastante grande, porque está claro que cuando se sale de noche tu pandilla no puede llegar a ser nunca autosuficiente. Luego se acabará en un garito abarrotado, donde las probabilidades de socialización con nueva gente seguirán siendo muy reducidas, pero a cambio con seguridad te pasarás varias horas aguantando empujones de los que salen a la calle, si te cambias de sitio, serán los empellones de los que quieren entrar al baño, si vuelves a cambiar, sufrirás los apretones de la gente que se acerca a la barra, y cuando crees que ya has encontrado el sitio perfecto, las luces del local anunciarán que ya es hora de largarse.
Y en ese momento, si ya no estás en edad o con ánimos de ir a un After-Hours, será el momento de pensar en cómo demonios volverás a casa. Aunque uno ya está ganándose la vida, los sablazos del taxi siguen siendo muy dolorosos, y aunque el transporte nocturno en la capital es bastante aceptable, las conexiones con las poblaciones de la periferia son ya otro cantar. Si acabas de perder un búho, y es invierno, más vale darse una buena caminata de tres cuartos de hora para no acabar congelado. Y conviene que te apresures a coger un asiento en la zona delantera del bus, si no quieres ir entre porreros de dieciséis años, que te recuerden que te estás haciendo viejo, que tú ya no pintas nada en un búho, y que el hecho de que estés escribiendo una entrada de tu blog un viernes a las doce denota una vida social mejorable, y que el que no te guste salir de noche no constituye una buena excusa.
En conexión con la falta de perchas y el aire viciado de tabaco, podría hablar ahora de los infectos cuartos de baño que suelen encontrarse en estos locales. Ya sé que la gente, a esas horas, y con lo que lleva en el cuerpo, no va a poder hacer muchos alardes de puntería a la hora de vaciar su vejiga, pero eso no justifica que todo el suelo quede encharcado, o a lo mejor sí, teniendo en cuenta la racanería de la que hacen gala muchos garitos a la hora de reservar espacio para estas funciones. Ya no es sólo lo reducido del espacio, sino la cutre elección del modelo de sanitarios: urinarios minúsculos situados a una altura adecuada más bien para niños de ochos años, que parecen diseñados para robarte la intimidad a la hora de miccionar, inodoros, también diminutos, desprovistos de tapa y de asiento, por supuesto sin papel higiénico, y cuya única utilidad es hacerte rezar para que no te entre un apretón, largas colas de espera, alta concentración de borrachos y pastilleros, un panorama encantador, sin duda.
La bebida. No voy a hablar aquí de que si ponen garrafón, que si las copas están muy caras... Voy a hablar de la falta de comida. Obviamente un bar de copas no es un restaurante, pero las copas entran mejor con algo para picar, digo yo. He oído hablar de que en otras ciudades de España sí que es frecuente que puedas comer algo en estos sitios, incluso en Galicia parece ser que puedes comerte un buen bocata (esta región en eso del buen comer suele estar bastante en la vanguardia), pero lo que es en Madrid, más vale que vayas bien cenado, si no quieres que ya la segunda copa empiece a subírsete a la cabeza.
El ¿a dónde vamos ahora?. Esa peligrosa indecisión a las tres de la madrugada de una fría noche invernal madrileña. Hacer una ronda por muchos bares está muy bien, pero por favor, resérvese sólo para estaciones templadas o cálidas. En el fondo esto pasa muy frecuentemente cuando un local no está muy animado, dando igual que el grupo con el que salgas sea bastante grande, porque está claro que cuando se sale de noche tu pandilla no puede llegar a ser nunca autosuficiente. Luego se acabará en un garito abarrotado, donde las probabilidades de socialización con nueva gente seguirán siendo muy reducidas, pero a cambio con seguridad te pasarás varias horas aguantando empujones de los que salen a la calle, si te cambias de sitio, serán los empellones de los que quieren entrar al baño, si vuelves a cambiar, sufrirás los apretones de la gente que se acerca a la barra, y cuando crees que ya has encontrado el sitio perfecto, las luces del local anunciarán que ya es hora de largarse.
Y en ese momento, si ya no estás en edad o con ánimos de ir a un After-Hours, será el momento de pensar en cómo demonios volverás a casa. Aunque uno ya está ganándose la vida, los sablazos del taxi siguen siendo muy dolorosos, y aunque el transporte nocturno en la capital es bastante aceptable, las conexiones con las poblaciones de la periferia son ya otro cantar. Si acabas de perder un búho, y es invierno, más vale darse una buena caminata de tres cuartos de hora para no acabar congelado. Y conviene que te apresures a coger un asiento en la zona delantera del bus, si no quieres ir entre porreros de dieciséis años, que te recuerden que te estás haciendo viejo, que tú ya no pintas nada en un búho, y que el hecho de que estés escribiendo una entrada de tu blog un viernes a las doce denota una vida social mejorable, y que el que no te guste salir de noche no constituye una buena excusa.
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domingo, 11 de febrero de 2007
Salir de noche (I)
Parece mentira que a punto ya de cumplir veintiséis años, todavía no haya asimilado bien este ritual social de las salidas nocturnas. Claro que mi trayectoria vital, que hizo que no empezara a frecuentar pubs y discotecas hasta tener veinte años (salvo una vez que fui con dieciséis, sin saber que no debía, aunque me lo olía), no ha favorecido mucho mi inclinación por este tipo de antros en los que se supone que uno se lo pasa mejor que en cualquier otro sitio.
El primer factor que me dificulta la diversión es el ruido. Yo ya tengo suficientes dificultades para socializarme como para encima tener que elevar la voz por encima de mis límites, aprender a leer los labios de los demás o comerle la oreja a una chica para contarle una gracieta. El ruido atrofia mi capacidad para hilvanar una conversación interesante, en la que se intercambien más de cuatro o cinco frases, con la cual poder atraer la atención de los que me rodean, de modo que la mayor parte de mi tiempo la paso pegado a algún corrillo, intentando enterarme a duras penas de lo que se dice, y riendo cuando los demás se ríen, aunque no sepa de qué.
Otro aspecto que detesto es el tabaco. Sencillamente no soporto que al llegar a casa en invierno a las 5 de la madrugada tenga que poner rápidamente toda mi ropa a lavar, y colgar mi abrigo en el tendedero para que se airee, pues si los metiera en mi habitación ésta apestaría inmediatamente a tabaco (y aún tomando estas precauciones uno no amanece oliendo a flores precisamente). La verdad es que ya que se aprobó la Ley Antitabaco, podrían haberla hecho al estilo de la italiana o irlandesa, donde los fumadores se tienen que fastidiar y salir a fumar a la calle, también en los pubs. Ya sé que esto suena muy antiliberal, opresor y elenasalgadiano, pero es que, de verdad, el tabaco apesta.
También me enfada bastante entrar a locales donde uno no encuentra sitio para dejar su abrigo sin peligro de que alguien derrame su copa encima. La verdad es que anoche me llevé una sorpresa agradable al entrar en un garito con guardarropa gratuito, así que les voy a hacer publicidad (es un decir): La Chocita Sueca (búscala en esta página). Y es que al precio que se cobran las copas, los dueños de los pubs y discotecas podrían tener un poco de consideración con su clientes y poner más perchas por las paredes (ni menciono los sitios pijísimos donde encima de pagar la copa a 8€ o más, si tienen guardarropa te lo cobran aparte).
Esto no ha hecho más que comenzar, la marcha nocturna tiene otros muchos inconvenientes que merece la pena comentar, pero esto se hará en una próxima entrada (no hago esto por falta de creatividad, lo de escribir más de una entrada por el mismo tema, sino porque tengo mucho sueño, anoche salí hasta las tantas y mañana me levanto a las 6:30, la vida nocturna es lo que tiene).
El primer factor que me dificulta la diversión es el ruido. Yo ya tengo suficientes dificultades para socializarme como para encima tener que elevar la voz por encima de mis límites, aprender a leer los labios de los demás o comerle la oreja a una chica para contarle una gracieta. El ruido atrofia mi capacidad para hilvanar una conversación interesante, en la que se intercambien más de cuatro o cinco frases, con la cual poder atraer la atención de los que me rodean, de modo que la mayor parte de mi tiempo la paso pegado a algún corrillo, intentando enterarme a duras penas de lo que se dice, y riendo cuando los demás se ríen, aunque no sepa de qué.
Otro aspecto que detesto es el tabaco. Sencillamente no soporto que al llegar a casa en invierno a las 5 de la madrugada tenga que poner rápidamente toda mi ropa a lavar, y colgar mi abrigo en el tendedero para que se airee, pues si los metiera en mi habitación ésta apestaría inmediatamente a tabaco (y aún tomando estas precauciones uno no amanece oliendo a flores precisamente). La verdad es que ya que se aprobó la Ley Antitabaco, podrían haberla hecho al estilo de la italiana o irlandesa, donde los fumadores se tienen que fastidiar y salir a fumar a la calle, también en los pubs. Ya sé que esto suena muy antiliberal, opresor y elenasalgadiano, pero es que, de verdad, el tabaco apesta.
También me enfada bastante entrar a locales donde uno no encuentra sitio para dejar su abrigo sin peligro de que alguien derrame su copa encima. La verdad es que anoche me llevé una sorpresa agradable al entrar en un garito con guardarropa gratuito, así que les voy a hacer publicidad (es un decir): La Chocita Sueca (búscala en esta página). Y es que al precio que se cobran las copas, los dueños de los pubs y discotecas podrían tener un poco de consideración con su clientes y poner más perchas por las paredes (ni menciono los sitios pijísimos donde encima de pagar la copa a 8€ o más, si tienen guardarropa te lo cobran aparte).
Esto no ha hecho más que comenzar, la marcha nocturna tiene otros muchos inconvenientes que merece la pena comentar, pero esto se hará en una próxima entrada (no hago esto por falta de creatividad, lo de escribir más de una entrada por el mismo tema, sino porque tengo mucho sueño, anoche salí hasta las tantas y mañana me levanto a las 6:30, la vida nocturna es lo que tiene).
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viernes, 9 de febrero de 2007
The Hobbit
A pesar de su título, no voy a escribir esta entrada en inglés, pues esta lengua está ya más que suficientemente extendida en la red, cosa que no puede decirse del español, un idioma que pese a ser hablado cada vez por más gente, parece que le cuesta despegar como vehículo de comunicación en Internet. Baste como ejemplo la Wikipedia, que a día de hoy cuenta con 1628412 artículos en inglés (supremacía absoluta) contra sólo 199123 artículos en español. Pero siendo esta comparación sangrante, me enervo más todavía mirando el estado de la Wikipedia en otros idiomas: 441598 artículos en francés y ¡540154 artículos en alemán!. Que el francés gane al español, pese a que pueda herir mi orgullo patriótico al ser superado por los gabachos, es algo que puedo comprender teniendo en cuenta la importancia pasada de este idioma, que ha sido lengua de la diplomacia, y la lengua extranjera que se estudiaba antes de que se impusiera el inglés. Pero que los artículos en alemán sean más del triple que los que hay en español es algo que sencillamente no me entra en la cabeza (y la tengo bien grande). A fin de cuentas el alemán es una lengua hablada sólo en un continente. Vale, es la lengua que más hablantes nativos tiene en Europa, pero de todos modos esto yo creo que es un síntoma del atraso tecnológico que todavía tiene el mundo hispánico respecto a otros ámbitos culturales. Así que ahora mismo formulo un firme propósito de escribir cuanto antes un artículo de la Wikipedia en español, por ejemplo, sobre los pueblos de mis padres (de paso así me entero del funcionamiento de esta enciclopedia, laguna cultural que debo reparar cuanto antes).
El caso es que la entrada de este blog no era sobre la penetración de nuestro bello idioma en Internet, sino sobre un libro que he comenzado a leer, y que ya estoy a punto de acabar. Se trata, como no, de The Hobbit, cuyo título he puesto en inglés porque lo estoy leyendo en versión original (leer a Tolkien en inglés resulta algo árido al principio, pero cuando ya te has acostumbrado a su estilo y te has familiarizado con el vocabulario que más usa resulta un auténtico placer). Claro que no es lo mismo El Hobbit que El Señor de los Anillos, sencillamente la calidad literaria de ambas obras no puede compararse (hay que ver lo audaz o caradura que me estoy volviendo, yo que no tengo ni idea de literatura atreviéndome a calificar las obras de Tolkien), pero a cambio El Hobbit es mucho más breve, la acción transcurre con más agilidad y es más divertido (no sé por qué siempre que hay enanos de por medio el tono de la historia se hace mucho más cómico). Como contrapartida, las descripciones de personas y lugares no son todo lo minuciosas que nos gustaría, Gandalf mola mucho más en El Señor de los Anillos (es que eso de I am servant of the Secret Fire, wielder of the flame of Anor. You cannot pass. The dark fire will not avail you, flame of Udûn. Go back to the Shadow! You cannot pass deja sin aliento a cualquiera), el Señor Oscuro asusta mucho más que un dragón, y la presencia de personajes femeninos, ya escasa en El Señor de los Anillos, en El Hobbit es sencillamente inexistente. Pero bueno, que el libro me está gustando mucho, y cuando me lo termine prometo una entrada nueva en este blog para plasmar más impresiones que he tenido con su lectura.
El caso es que la entrada de este blog no era sobre la penetración de nuestro bello idioma en Internet, sino sobre un libro que he comenzado a leer, y que ya estoy a punto de acabar. Se trata, como no, de The Hobbit, cuyo título he puesto en inglés porque lo estoy leyendo en versión original (leer a Tolkien en inglés resulta algo árido al principio, pero cuando ya te has acostumbrado a su estilo y te has familiarizado con el vocabulario que más usa resulta un auténtico placer). Claro que no es lo mismo El Hobbit que El Señor de los Anillos, sencillamente la calidad literaria de ambas obras no puede compararse (hay que ver lo audaz o caradura que me estoy volviendo, yo que no tengo ni idea de literatura atreviéndome a calificar las obras de Tolkien), pero a cambio El Hobbit es mucho más breve, la acción transcurre con más agilidad y es más divertido (no sé por qué siempre que hay enanos de por medio el tono de la historia se hace mucho más cómico). Como contrapartida, las descripciones de personas y lugares no son todo lo minuciosas que nos gustaría, Gandalf mola mucho más en El Señor de los Anillos (es que eso de I am servant of the Secret Fire, wielder of the flame of Anor. You cannot pass. The dark fire will not avail you, flame of Udûn. Go back to the Shadow! You cannot pass deja sin aliento a cualquiera), el Señor Oscuro asusta mucho más que un dragón, y la presencia de personajes femeninos, ya escasa en El Señor de los Anillos, en El Hobbit es sencillamente inexistente. Pero bueno, que el libro me está gustando mucho, y cuando me lo termine prometo una entrada nueva en este blog para plasmar más impresiones que he tenido con su lectura.
viernes, 26 de enero de 2007
Marian y el conde Fosco
Prometí una entrada cuando terminase de leer la Dama de Blanco, y aquí estoy cumpliendo mi promesa, lo cual tiene mucho mérito teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que alguien me lea.
Aunque el narrador principal sea Walter Haltright, la víctima del engaño sea Laura Fairlie y el título del libro se refiera a Anne Catherick, parece como si el autor quisiese transferir el protagonismo a los otros dos personajes principales de la obra: Marian Halcombe y Fosco. Pocas veces he visto un ejemplo literario de amor fraternal más hermoso como el que une a Marian y a Laura, a pesar de ser hermanastras y desiguales en herencia y en rango social. Y qué maravilla leer el diario de Marian, registro detallado de todos los hechos acaecidos en Blackwater Park, qué tensión al ir descubriendo poco a poco los manejos del conde y la colaboración sumisa de su mujer... Aunque no crea mucho en la interpretación de los sueños (sobre todo de los míos), ¿alguien me puede citar uno más sugerente que el que profetiza a Marian el regreso de Walter Haltright?.
En fin, que esto no tenía nada que ver con Orgullo y Prejuicio, aunque Limmeridge pudiera compararse con las posesiones de Darcy en Pemberley, mientras que Blackwater Park me ha recordado más bien a Cumbres Borrascosas (¡Dios mío!, que pasión tan violenta la que bullía en el interior de Emily Brönte, con qué fuerza se hubiera echado a los brazos de su amado, si lo hubiese tenido). La construcción de la intriga es perfecta, demasiado en ocasiones, la resolución demasiado redonda, con algún recurso al Deus ex maquina, pero ¡qué se le va hacer!, estamos todavía en 1860 y Sir Arthur Conan Doyle apenas si habría comenzado a andar. Si la construcción de la trama no nos satisface del todo, ¿qué importa, si aún nos queda el conde Fosco?.
Aunque el narrador principal sea Walter Haltright, la víctima del engaño sea Laura Fairlie y el título del libro se refiera a Anne Catherick, parece como si el autor quisiese transferir el protagonismo a los otros dos personajes principales de la obra: Marian Halcombe y Fosco. Pocas veces he visto un ejemplo literario de amor fraternal más hermoso como el que une a Marian y a Laura, a pesar de ser hermanastras y desiguales en herencia y en rango social. Y qué maravilla leer el diario de Marian, registro detallado de todos los hechos acaecidos en Blackwater Park, qué tensión al ir descubriendo poco a poco los manejos del conde y la colaboración sumisa de su mujer... Aunque no crea mucho en la interpretación de los sueños (sobre todo de los míos), ¿alguien me puede citar uno más sugerente que el que profetiza a Marian el regreso de Walter Haltright?.
En fin, que esto no tenía nada que ver con Orgullo y Prejuicio, aunque Limmeridge pudiera compararse con las posesiones de Darcy en Pemberley, mientras que Blackwater Park me ha recordado más bien a Cumbres Borrascosas (¡Dios mío!, que pasión tan violenta la que bullía en el interior de Emily Brönte, con qué fuerza se hubiera echado a los brazos de su amado, si lo hubiese tenido). La construcción de la intriga es perfecta, demasiado en ocasiones, la resolución demasiado redonda, con algún recurso al Deus ex maquina, pero ¡qué se le va hacer!, estamos todavía en 1860 y Sir Arthur Conan Doyle apenas si habría comenzado a andar. Si la construcción de la trama no nos satisface del todo, ¿qué importa, si aún nos queda el conde Fosco?.
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Wilkie Collins
domingo, 21 de enero de 2007
La vida sale al encuentro
Si Schopenhauer calificó El Criticón como uno de los mejores libros del mundo, yo por mi parte incluyo en esta lista la obra más famosa de José Luis Martín Vigil, escritor infravalorado que ni siquiera aparece en la Wikipedia, ni en la versión inglesa ni (por supuesto) en la española. Se dirá que este libro sólo puede interesar a chicos y chicas (preferentemente estas últimas) de entre doce y dieciséis años, educados en un ambiente fervientemente católico, y nacidos al poco de terminar la Guerra Civil, es decir, que como actualmente no hay nadie en España que reúna estos requisitos, este libro no es más que una reliquia, vacía de significado para cualquier persona del mundo actual.
Naturalmente, todo lo anterior es una exageración, pero no deja de ser cierto que esta obra, efectivamente dirigida a adolescentes (sin distinción de sexo, creo yo), puede resultar prácticamente ininteligible para los chavales españoles (y por extensión, para chavales de cualquier otra nacionalidad) de hoy en día. No lo digo sólo por la secularización acaecida en nuestro país, pues a fin de cuentas, sigue habiendo un grandísimo número de colegios católicos, cuyos alumnos tal vez podrían verse reflejados en los protagonistas de esta novela, que estudian en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, todavía existente en la actualidad. Pero es que estos colegios son tan diferentes hoy en día de como lo fueron en los años cincuenta (y visitando mismamente la web del Apóstol Santiago, se puede ver que ahora no lo reconocería ni la madre que lo parió), y el ambiente social ha evolucionado tanto (democracia, inmigración...), que incluso para el alumno medio de un colegio de curas o de monjas las vivencias de Ignacio y Karin no pueden tener ninguna conexión con las suyas. Todo esto lo explica muy bien Incitatus (¿Andrés Trapiello?) en este artículo.
Sin embargo, hay un reducto de adolescentes a los que este libro aún puede hablarles. Todo se trata de buscar en los lugares adecuados. ¿Qué se hizo de los antiguos y prestigiosísimos colegios de jesuitas? ¿habrá que buscar su continuidad en los colegios de la Compañía existentes hoy en día?. En mi opinión no, pues hay diversos factores que rompen esta continuidad: ahora esos colegios suelen ser mixtos, subvencionados, buena parte del profesorado no tiene nada que ver con el carisma ignaciano, y los profesores que sí son jesuitas, si no son de la vieja escuela, siguen poco la tradición intelectual de su Orden.
Si por el contrario nos fijamos en los colegios de cierta Prelatura Personal de la Iglesia Católica, vemos que en ellos no concurren las características que diferencian a los actuales colegios de jesuitas de los de antaño: la separación de sexos es estricta (lo cual influye muchísimo en la vida colegial), suelen ser colegios privados no concertados, la mayoría del profesorado es miembro o simpatizante del Opus Dei, y todos ellos suelen ser muy fieles a la tradición más ortodoxa que es pauta dentro de la Prelatura. Por ello creo que no aventuro demasiado si me atrevo a decir que familias que hace cincuenta años hubiesen llevado con seguridad a sus hijos a un colegio jesuita, hoy en día su opción más natural sería uno del Opus. Es cierto que la comparación tiene varios defectos: la Obra tiene un estilo laical, sus colegios no suelen tener internado, el Opus Dei no tiene aún una tradición multisecular como la de los jesuitas... Tal vez haya otros ejemplos de colegios actuales más parecidos al Apóstol Santiago de los cincuenta (quizá los de los Legionarios, Lumen Dei... pero no estoy muy seguro), pero teniendo en cuenta el gran número de colegios que tiene el Opus Dei, creo que este entorno es el más propicio para que la lectura de esta novela por parte de sus alumnos ejerza en ellos una influencia poderosa y fascinante, como ocurrió conmigo en su día. A todos ellos se la recomiendo.
Naturalmente, todo lo anterior es una exageración, pero no deja de ser cierto que esta obra, efectivamente dirigida a adolescentes (sin distinción de sexo, creo yo), puede resultar prácticamente ininteligible para los chavales españoles (y por extensión, para chavales de cualquier otra nacionalidad) de hoy en día. No lo digo sólo por la secularización acaecida en nuestro país, pues a fin de cuentas, sigue habiendo un grandísimo número de colegios católicos, cuyos alumnos tal vez podrían verse reflejados en los protagonistas de esta novela, que estudian en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, todavía existente en la actualidad. Pero es que estos colegios son tan diferentes hoy en día de como lo fueron en los años cincuenta (y visitando mismamente la web del Apóstol Santiago, se puede ver que ahora no lo reconocería ni la madre que lo parió), y el ambiente social ha evolucionado tanto (democracia, inmigración...), que incluso para el alumno medio de un colegio de curas o de monjas las vivencias de Ignacio y Karin no pueden tener ninguna conexión con las suyas. Todo esto lo explica muy bien Incitatus (¿Andrés Trapiello?) en este artículo.
Sin embargo, hay un reducto de adolescentes a los que este libro aún puede hablarles. Todo se trata de buscar en los lugares adecuados. ¿Qué se hizo de los antiguos y prestigiosísimos colegios de jesuitas? ¿habrá que buscar su continuidad en los colegios de la Compañía existentes hoy en día?. En mi opinión no, pues hay diversos factores que rompen esta continuidad: ahora esos colegios suelen ser mixtos, subvencionados, buena parte del profesorado no tiene nada que ver con el carisma ignaciano, y los profesores que sí son jesuitas, si no son de la vieja escuela, siguen poco la tradición intelectual de su Orden.
Si por el contrario nos fijamos en los colegios de cierta Prelatura Personal de la Iglesia Católica, vemos que en ellos no concurren las características que diferencian a los actuales colegios de jesuitas de los de antaño: la separación de sexos es estricta (lo cual influye muchísimo en la vida colegial), suelen ser colegios privados no concertados, la mayoría del profesorado es miembro o simpatizante del Opus Dei, y todos ellos suelen ser muy fieles a la tradición más ortodoxa que es pauta dentro de la Prelatura. Por ello creo que no aventuro demasiado si me atrevo a decir que familias que hace cincuenta años hubiesen llevado con seguridad a sus hijos a un colegio jesuita, hoy en día su opción más natural sería uno del Opus. Es cierto que la comparación tiene varios defectos: la Obra tiene un estilo laical, sus colegios no suelen tener internado, el Opus Dei no tiene aún una tradición multisecular como la de los jesuitas... Tal vez haya otros ejemplos de colegios actuales más parecidos al Apóstol Santiago de los cincuenta (quizá los de los Legionarios, Lumen Dei... pero no estoy muy seguro), pero teniendo en cuenta el gran número de colegios que tiene el Opus Dei, creo que este entorno es el más propicio para que la lectura de esta novela por parte de sus alumnos ejerza en ellos una influencia poderosa y fascinante, como ocurrió conmigo en su día. A todos ellos se la recomiendo.
viernes, 19 de enero de 2007
Valls y Fisac
San Pedro quiere tomarse un descanso, y deja a un ángel encargado de controlar las almas que pueden entrar en el Cielo. Como el ángel no tiene mucha experiencia en estas lides, San Pedro le entrega una Biblia y una bolsa de dinero, y le dice que a cada alma que quiera entrar en el Cielo le dé a elegir entre estos dos objetos, y que al que elija la Biblia, lo deje pasar, y al que coja el dinero, lo mande al Infierno. Al cabo de una hora, vuelve San Pedro a ver qué tal le ha ido al ángel. Éste le dice que todo ha sido muy fácil, excepto cuando llegó un grupo de gente algo extraña, que eligió a la vez la Biblia y el dinero, y como no sabía muy bien qué hacer, decidió que era mejor dejarlos entrar en el Cielo, a lo que San Pedro responde malhumorado: ¡Ya se han colado otra vez los del Opus!.
Éste chiste tan viejo sobre el Opus Dei viene bien como introducción al primero de los dos personajes de los que se va a hablar en esta entrada, dos personajes que nos dejaron el año pasado: Luis Valls Taberner y Miguel Fisac. Sobre ambos hay dos interesantes artículos en un suplemento de El Mundo, aquí y aquí, en los que se sintetiza la trayectoria vital y la personalidad de ambos, si bien con algunos errores (por ejemplo, me parece completamente erróneo llamar a Fisac cofundador del Opus Dei).
Luis Valls Taberner, el banquero que quiso ser santo. Ciertamente, que una persona con una profesión que en el imaginario colectivo siempre ha estado asociada a la avaricia y a montañas de dinero (y desde luego, dinero sí que amasó este hombre, aunque personalmente viviese con muchísima austeridad) aspire además a la santidad, no deja de resultar muy chocante, sobre todo en países católicos como España, donde la gente se toma muy a la letra aquello de "Le es más fácil a un camello...", es decir, un país en el que a priori se desconfía de la honestidad de la gente que sabe hacer dinero. Me gusta el apodo que según parece tenía Luis Valls: el cardenal de la banca española. Y sabiendo que medía metro noventa, que era célibe, y viendo la foto publicada en El Mundo en la que aparece afeitándose, es fácil imaginárselo posando vestido de rojo para un retrato de Velázquez o de Tiziano... Siempre me llamó la atención el Banco Popular, cuando quiso mantenerse al margen de las grandes fusiones acaecidas en la banca española (Santander, Central Hispano, BBV, Argentaria...), y cuando tantas veces ha liderado el ranking del sector (una vez mejor banco del mundo, cuatro veces el mejor de Europa...). También merece destacarse la afiliación política de Luis Valls, liberal y monárquico, de un liberalismo que yo me figuro más tranquilo que el mostrado actualmente por el más famoso liberal español, más en la línea de otro insigne miembro del Opus, y también fallecido no hace mucho, Rafael Termes, del que tal vez hable en alguna entrada futura. Un liberalismo que alabó en su día la legalización del PCE y que no dudó en prestar dinero al PSOE (los negocios son los negocios, o bien el liberalismo entendido en su acepción antigua de liberalidad, generosidad...), un liberalismo que camina de la mano del respeto...
Un liberalismo del que, si le hacemos caso, parece ser que disfrutó poco en vida el otro personaje protagonista de esta entrada. Miguel Fisac, innovador de la arquitectura española de la posguerra, fue también uno de los primeros miembros del Opus Dei. Sin embargo, parece que nunca se encontró muy contento dentro de la institución, por lo que acabó saliéndose de ella. A partir de ahí comenzó, siempre según Miguel Fisac, una persecución por parte del Opus contra su persona y su trayectoria profesional. Lo cierto es que en el campo de la arquitectura tuvo un largo período de sequía en el que no le llegaban encargos, aunque la posterior llegada de las administraciones autonómicas mitigó la situación. Sobre este asunto prefiero no pronunciarme porque no lo he estudiado cuidadosamente y no quiero emitir juicios temerarios, sólo diré que vi una vez a Miguel Fisac en la televisión, y me pareció un hombre que realmente había sufrido mucho interiormente, pero que a la vez había sido capaz de seguir fiel a sus convicciones religiosas después de su salida problemática de la Obra, un hombre tremendamente sensible, pero a la vez fuerte. Un hombre honesto, como también creo que lo fue Luis Valls.
Éste chiste tan viejo sobre el Opus Dei viene bien como introducción al primero de los dos personajes de los que se va a hablar en esta entrada, dos personajes que nos dejaron el año pasado: Luis Valls Taberner y Miguel Fisac. Sobre ambos hay dos interesantes artículos en un suplemento de El Mundo, aquí y aquí, en los que se sintetiza la trayectoria vital y la personalidad de ambos, si bien con algunos errores (por ejemplo, me parece completamente erróneo llamar a Fisac cofundador del Opus Dei).
Luis Valls Taberner, el banquero que quiso ser santo. Ciertamente, que una persona con una profesión que en el imaginario colectivo siempre ha estado asociada a la avaricia y a montañas de dinero (y desde luego, dinero sí que amasó este hombre, aunque personalmente viviese con muchísima austeridad) aspire además a la santidad, no deja de resultar muy chocante, sobre todo en países católicos como España, donde la gente se toma muy a la letra aquello de "Le es más fácil a un camello...", es decir, un país en el que a priori se desconfía de la honestidad de la gente que sabe hacer dinero. Me gusta el apodo que según parece tenía Luis Valls: el cardenal de la banca española. Y sabiendo que medía metro noventa, que era célibe, y viendo la foto publicada en El Mundo en la que aparece afeitándose, es fácil imaginárselo posando vestido de rojo para un retrato de Velázquez o de Tiziano... Siempre me llamó la atención el Banco Popular, cuando quiso mantenerse al margen de las grandes fusiones acaecidas en la banca española (Santander, Central Hispano, BBV, Argentaria...), y cuando tantas veces ha liderado el ranking del sector (una vez mejor banco del mundo, cuatro veces el mejor de Europa...). También merece destacarse la afiliación política de Luis Valls, liberal y monárquico, de un liberalismo que yo me figuro más tranquilo que el mostrado actualmente por el más famoso liberal español, más en la línea de otro insigne miembro del Opus, y también fallecido no hace mucho, Rafael Termes, del que tal vez hable en alguna entrada futura. Un liberalismo que alabó en su día la legalización del PCE y que no dudó en prestar dinero al PSOE (los negocios son los negocios, o bien el liberalismo entendido en su acepción antigua de liberalidad, generosidad...), un liberalismo que camina de la mano del respeto...
Un liberalismo del que, si le hacemos caso, parece ser que disfrutó poco en vida el otro personaje protagonista de esta entrada. Miguel Fisac, innovador de la arquitectura española de la posguerra, fue también uno de los primeros miembros del Opus Dei. Sin embargo, parece que nunca se encontró muy contento dentro de la institución, por lo que acabó saliéndose de ella. A partir de ahí comenzó, siempre según Miguel Fisac, una persecución por parte del Opus contra su persona y su trayectoria profesional. Lo cierto es que en el campo de la arquitectura tuvo un largo período de sequía en el que no le llegaban encargos, aunque la posterior llegada de las administraciones autonómicas mitigó la situación. Sobre este asunto prefiero no pronunciarme porque no lo he estudiado cuidadosamente y no quiero emitir juicios temerarios, sólo diré que vi una vez a Miguel Fisac en la televisión, y me pareció un hombre que realmente había sufrido mucho interiormente, pero que a la vez había sido capaz de seguir fiel a sus convicciones religiosas después de su salida problemática de la Obra, un hombre tremendamente sensible, pero a la vez fuerte. Un hombre honesto, como también creo que lo fue Luis Valls.
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domingo, 14 de enero de 2007
El Prestigio
Se ve que hoy la cosa va de cine. Después de la película anterior, ahora toca comentar esta otra, cuyo título he traducido directamente del inglés, ya que el que le han puesto en castellano, "El truco final", no me gusta tanto (además, así contribuyo a revivificar una acepción de la palabra que actualmente se usa poco).
El caso es que fui a ver la película este viernes, invitado un poco a última hora por los mismos amigos de la ocasión anterior (y ahora que lo pienso, de momento fui invitado literalmente, ya que se me olvidó pagarles la entrada, espero acordarme para la próxima vez). Aprovecho aquí para hacer una pequeña disgresión sobre la conversación telefónica en la que quedé con uno de esos dos amigos, el que tiene entre nosotros mayor aversión al cine español. Habiéndole preguntado yo por el título de la película, me dijo que íbamos a ver 'The Prestige', la cual me era completamente desconocida. Como me sonaba a petrolero, le dije en broma que si se trataba de algún documental español reivindicativo, y el siguió con la coña diciendo que sí, que actuaban todos los actores del "No a la guerra", y que yo iba a tener asiento justo al lado de la Bardem. Como yo tenía que regresar a mi puesto de trabajo, la cosa no dio para más.
Y ahora la película. Me fastidió llegar con ella ya empezada, sobre todo al darme cuenta de lo complicada que era su estructura temporal, que me hacía recordar un poco a Memento, y no era para menos, puesto que el director de ambas películas es el mismo (circunstancia entonces también desconocida para mí). La película me pareció fascinante. La ambientación del siglo XIX americano, fabulosa. El mundo de los prestidigitadores de la época, con sus rivalidades a muerte (ignoro si realmente llegaban a tanto), interesantísimo para mí, que nunca he tenido un gran interés en la magia. Los actores, muy buenos. Scarlett Johansson, más encantadora y exuberante que nunca. El duelo entre los dos protagonistas, es un crescendo continuo que no te deja tiempo ni para respirar. Y por encima de todo, Tesla, ese gran inventor sobre el que tantas teorías conspiranoicas se han elaborado, y cuya introducción en una historia de magos resulta tan sugestiva, si bien con el inconveniente de dar un toque de irrealismo a una película en la que a priori uno no espera ese tipo de elementos, pero bueno, como dice Tesla, "Things don't always go as planned, Mr. Angier. That's the beauty of science".
El caso es que fui a ver la película este viernes, invitado un poco a última hora por los mismos amigos de la ocasión anterior (y ahora que lo pienso, de momento fui invitado literalmente, ya que se me olvidó pagarles la entrada, espero acordarme para la próxima vez). Aprovecho aquí para hacer una pequeña disgresión sobre la conversación telefónica en la que quedé con uno de esos dos amigos, el que tiene entre nosotros mayor aversión al cine español. Habiéndole preguntado yo por el título de la película, me dijo que íbamos a ver 'The Prestige', la cual me era completamente desconocida. Como me sonaba a petrolero, le dije en broma que si se trataba de algún documental español reivindicativo, y el siguió con la coña diciendo que sí, que actuaban todos los actores del "No a la guerra", y que yo iba a tener asiento justo al lado de la Bardem. Como yo tenía que regresar a mi puesto de trabajo, la cosa no dio para más.
Y ahora la película. Me fastidió llegar con ella ya empezada, sobre todo al darme cuenta de lo complicada que era su estructura temporal, que me hacía recordar un poco a Memento, y no era para menos, puesto que el director de ambas películas es el mismo (circunstancia entonces también desconocida para mí). La película me pareció fascinante. La ambientación del siglo XIX americano, fabulosa. El mundo de los prestidigitadores de la época, con sus rivalidades a muerte (ignoro si realmente llegaban a tanto), interesantísimo para mí, que nunca he tenido un gran interés en la magia. Los actores, muy buenos. Scarlett Johansson, más encantadora y exuberante que nunca. El duelo entre los dos protagonistas, es un crescendo continuo que no te deja tiempo ni para respirar. Y por encima de todo, Tesla, ese gran inventor sobre el que tantas teorías conspiranoicas se han elaborado, y cuya introducción en una historia de magos resulta tan sugestiva, si bien con el inconveniente de dar un toque de irrealismo a una película en la que a priori uno no espera ese tipo de elementos, pero bueno, como dice Tesla, "Things don't always go as planned, Mr. Angier. That's the beauty of science".
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Pequeña Miss Sunshine
Calculo que fui a ver esta película el martes 19 de diciembre del año pasado, con un par de amigos, a los inmensos multicines que hay en mi pueblo. Habiéndoseme explicado brevemente el argumento de la película (niña hace un viaje para participar en un concurso de belleza), intenté defender otras opciones que a priori me parecían mucho más interesantes, como Eragon (soy un fan de Tolkien, y esto parecía del estilo) o Mia Sarah (sabía que esta opción estaba abocada al fracaso, conociendo los prejuicios de mis amigos, que yo en parte comparto, contra el cine español), pero como era de esperar, no triunfé. Afortunadamente.
Hacía tiempo que no me reía tanto con una comedia, que en ocasiones toma tintes algo dramáticos. No voy a contar nada del argumento, si alguien por casualidad lee esta opinión, que vaya a ver la película, sólo diré que el final es totalmente apoteósico.
Sí quería comentar una frase notable de las que abundan en la película, que bien podría considerarse como síntesis perfecta del espíritu emprendedor norteamericano. Dice más o menos así: "Los perdedores son aquellos que tienen tanto miedo de no triunfar, que ni siquiera lo intentan". No está mal, ¿verdad?.
Hacía tiempo que no me reía tanto con una comedia, que en ocasiones toma tintes algo dramáticos. No voy a contar nada del argumento, si alguien por casualidad lee esta opinión, que vaya a ver la película, sólo diré que el final es totalmente apoteósico.
Sí quería comentar una frase notable de las que abundan en la película, que bien podría considerarse como síntesis perfecta del espíritu emprendedor norteamericano. Dice más o menos así: "Los perdedores son aquellos que tienen tanto miedo de no triunfar, que ni siquiera lo intentan". No está mal, ¿verdad?.
martes, 2 de enero de 2007
Felipe II y su Tiempo
Manuel Fernández Álvarez es un historiador de prestigio especializado en el Renacimiento español, que ha conseguido llegar al gran público con varias de sus obras, como Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas o Carlos V. El César y el Hombre. El libro del que voy a hablar en esta entrada, Felipe II y su Tiempo, se incluye también entre los que han alcanzado una difusión notable, lo cual resulta meritorio teniendo en cuenta que se trata de un libro de Historia (no de una novela histórica de las que están ahora tan de moda) con un grosor de casi mil páginas.
La obra está dividida en tres grandes bloques: en el primero se ofrece un panorama general de la época, describiendo las instituciones de la Monarquía Católica, las condiciones socioeconómicas y las características del momento cultural; el segundo bloque del libro está consagrado a los acontecimientos históricos propiamente dichos, y la última parte la constituye una semblanza personal de Felipe II, en la que se analiza su formación, estilo de gobierno, amores y pensamiento. Yo he leído ya los dos primeros bloques, y estoy enfrascado en la lectura del último.
La primera parte me resultó muy útil para tener una visión general del contexto histórico, y aunque en ocasiones la aportación de datos resulta abrumadora (por no decir fastidiosa), hay aspectos muy interesantes, entre los que destaca la descripción pormenorizada de los distintos órganos de gobierno con los que contaba la Monarquía. En este punto me llamó la atención el hecho de que en el Consejo del Reino, que era el órgano más importante, estuviera vetada en la práctica la entrada de Grandes de España (de hecho el duque de Alba ambicionó entrar en el Consejo, pero Felipe II jamás se lo permitió), costumbre que se había impuesto ya durante el reinado de los Reyes Católicos, y que era una muestra clara del esfuerzo de la Monarquía por liberarse de la influencia de la Alta Nobleza, y por construir un Estado moderno y eficaz en contraposición al antiguo modelo medieval, en el que el poder del Rey era mucho más limitado.
El bloque dedicado a los acontecimientos históricos me pareció un poco irregular, pues mezcla capítulos interesantísimos (Armada Invencible, Antonio Pérez...) con otros verdaderamente insufribles, como el de España versus Islam. Entre las conclusiones que he extraído es que la etiqueta de Rey Prudente no es adecuada para caracterizar todas las actuaciones de Felipe II. Así en el caso de la Armada Invencible vemos que desde que se incuba la idea de invadir Inglaterra se pierde un tiempo precioso (permitiendo a la reina Isabel impulsar la modernización de su armada), para luego pasar a la acción en circunstancias desfavorables (como el hecho de poner al frente de la Armada al duque de Medina-Sidonia, sin ninguna experiencia en la marina). Sin embargo, en el caso de la anexión de Portugal vemos que Felipe II actúa con gran rapidez después de la muerte del rey Sebastián, primero defendiendo sus derechos sucesorios frente a los de los demás pretendientes, y luego impulsando una rápida campaña militar tras la negativa de las Cortes portuguesas a proclamarle Rey. Por último, merece destacarse el caso de Antonio Pérez, por tratarse de un episodio donde la honestidad del rey queda en entredicho, en primer lugar, por mantener tantos años como secretario a este personaje, a pesar de ser un corrupto cuyo escandaloso tren de vida era ya vox pópuli, en segundo lugar, por acceder a terminar con Escobedo sin juicio previo, y por último, por permitir que una morisca fuera procesada por intento de envenenamiento, a sabiendas de que era inocente.
Como ya he dicho, ahora estoy leyendo la última parte del libro, la que se centra en la persona de Felipe II. Aunque la acabo de comenzar, parece bastante prometedora. Ya me ha servido por lo menos para saber qué idiomas hablaba Felipe II (castellano y portugués, dejando aparte el latín) y cuál era la lengua materna de Carlos V (no era el alemán o el flamenco, como yo hubiera supuesto, sino el francés). Muy entrañable también todo lo referente a la emperatriz Isabel de Portugal, que siempre ha sido una de mis reinas españolas preferidas (será por lo guapa que sale en el retrato de Tiziano, aunque gracias a este libro ¡ay! me he enterado de que se trata de un retrato póstumo, y por tanto poco fiable).
En definitiva, recomiendo este libro a todos aquellos que disfrutaron en el colegio estudiando la época de los Austrias, y que quieran profundizar un poco tanto en los hechos históricos como en la personalidad de Felipe II.
La obra está dividida en tres grandes bloques: en el primero se ofrece un panorama general de la época, describiendo las instituciones de la Monarquía Católica, las condiciones socioeconómicas y las características del momento cultural; el segundo bloque del libro está consagrado a los acontecimientos históricos propiamente dichos, y la última parte la constituye una semblanza personal de Felipe II, en la que se analiza su formación, estilo de gobierno, amores y pensamiento. Yo he leído ya los dos primeros bloques, y estoy enfrascado en la lectura del último.
La primera parte me resultó muy útil para tener una visión general del contexto histórico, y aunque en ocasiones la aportación de datos resulta abrumadora (por no decir fastidiosa), hay aspectos muy interesantes, entre los que destaca la descripción pormenorizada de los distintos órganos de gobierno con los que contaba la Monarquía. En este punto me llamó la atención el hecho de que en el Consejo del Reino, que era el órgano más importante, estuviera vetada en la práctica la entrada de Grandes de España (de hecho el duque de Alba ambicionó entrar en el Consejo, pero Felipe II jamás se lo permitió), costumbre que se había impuesto ya durante el reinado de los Reyes Católicos, y que era una muestra clara del esfuerzo de la Monarquía por liberarse de la influencia de la Alta Nobleza, y por construir un Estado moderno y eficaz en contraposición al antiguo modelo medieval, en el que el poder del Rey era mucho más limitado.
El bloque dedicado a los acontecimientos históricos me pareció un poco irregular, pues mezcla capítulos interesantísimos (Armada Invencible, Antonio Pérez...) con otros verdaderamente insufribles, como el de España versus Islam. Entre las conclusiones que he extraído es que la etiqueta de Rey Prudente no es adecuada para caracterizar todas las actuaciones de Felipe II. Así en el caso de la Armada Invencible vemos que desde que se incuba la idea de invadir Inglaterra se pierde un tiempo precioso (permitiendo a la reina Isabel impulsar la modernización de su armada), para luego pasar a la acción en circunstancias desfavorables (como el hecho de poner al frente de la Armada al duque de Medina-Sidonia, sin ninguna experiencia en la marina). Sin embargo, en el caso de la anexión de Portugal vemos que Felipe II actúa con gran rapidez después de la muerte del rey Sebastián, primero defendiendo sus derechos sucesorios frente a los de los demás pretendientes, y luego impulsando una rápida campaña militar tras la negativa de las Cortes portuguesas a proclamarle Rey. Por último, merece destacarse el caso de Antonio Pérez, por tratarse de un episodio donde la honestidad del rey queda en entredicho, en primer lugar, por mantener tantos años como secretario a este personaje, a pesar de ser un corrupto cuyo escandaloso tren de vida era ya vox pópuli, en segundo lugar, por acceder a terminar con Escobedo sin juicio previo, y por último, por permitir que una morisca fuera procesada por intento de envenenamiento, a sabiendas de que era inocente.
Como ya he dicho, ahora estoy leyendo la última parte del libro, la que se centra en la persona de Felipe II. Aunque la acabo de comenzar, parece bastante prometedora. Ya me ha servido por lo menos para saber qué idiomas hablaba Felipe II (castellano y portugués, dejando aparte el latín) y cuál era la lengua materna de Carlos V (no era el alemán o el flamenco, como yo hubiera supuesto, sino el francés). Muy entrañable también todo lo referente a la emperatriz Isabel de Portugal, que siempre ha sido una de mis reinas españolas preferidas (será por lo guapa que sale en el retrato de Tiziano, aunque gracias a este libro ¡ay! me he enterado de que se trata de un retrato póstumo, y por tanto poco fiable).
En definitiva, recomiendo este libro a todos aquellos que disfrutaron en el colegio estudiando la época de los Austrias, y que quieran profundizar un poco tanto en los hechos históricos como en la personalidad de Felipe II.
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