Si Schopenhauer calificó El Criticón como uno de los mejores libros del mundo, yo por mi parte incluyo en esta lista la obra más famosa de José Luis Martín Vigil, escritor infravalorado que ni siquiera aparece en la Wikipedia, ni en la versión inglesa ni (por supuesto) en la española. Se dirá que este libro sólo puede interesar a chicos y chicas (preferentemente estas últimas) de entre doce y dieciséis años, educados en un ambiente fervientemente católico, y nacidos al poco de terminar la Guerra Civil, es decir, que como actualmente no hay nadie en España que reúna estos requisitos, este libro no es más que una reliquia, vacía de significado para cualquier persona del mundo actual.
Naturalmente, todo lo anterior es una exageración, pero no deja de ser cierto que esta obra, efectivamente dirigida a adolescentes (sin distinción de sexo, creo yo), puede resultar prácticamente ininteligible para los chavales españoles (y por extensión, para chavales de cualquier otra nacionalidad) de hoy en día. No lo digo sólo por la secularización acaecida en nuestro país, pues a fin de cuentas, sigue habiendo un grandísimo número de colegios católicos, cuyos alumnos tal vez podrían verse reflejados en los protagonistas de esta novela, que estudian en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, todavía existente en la actualidad. Pero es que estos colegios son tan diferentes hoy en día de como lo fueron en los años cincuenta (y visitando mismamente la web del Apóstol Santiago, se puede ver que ahora no lo reconocería ni la madre que lo parió), y el ambiente social ha evolucionado tanto (democracia, inmigración...), que incluso para el alumno medio de un colegio de curas o de monjas las vivencias de Ignacio y Karin no pueden tener ninguna conexión con las suyas. Todo esto lo explica muy bien Incitatus (¿Andrés Trapiello?) en este artículo.
Sin embargo, hay un reducto de adolescentes a los que este libro aún puede hablarles. Todo se trata de buscar en los lugares adecuados. ¿Qué se hizo de los antiguos y prestigiosísimos colegios de jesuitas? ¿habrá que buscar su continuidad en los colegios de la Compañía existentes hoy en día?. En mi opinión no, pues hay diversos factores que rompen esta continuidad: ahora esos colegios suelen ser mixtos, subvencionados, buena parte del profesorado no tiene nada que ver con el carisma ignaciano, y los profesores que sí son jesuitas, si no son de la vieja escuela, siguen poco la tradición intelectual de su Orden.
Si por el contrario nos fijamos en los colegios de cierta Prelatura Personal de la Iglesia Católica, vemos que en ellos no concurren las características que diferencian a los actuales colegios de jesuitas de los de antaño: la separación de sexos es estricta (lo cual influye muchísimo en la vida colegial), suelen ser colegios privados no concertados, la mayoría del profesorado es miembro o simpatizante del Opus Dei, y todos ellos suelen ser muy fieles a la tradición más ortodoxa que es pauta dentro de la Prelatura. Por ello creo que no aventuro demasiado si me atrevo a decir que familias que hace cincuenta años hubiesen llevado con seguridad a sus hijos a un colegio jesuita, hoy en día su opción más natural sería uno del Opus. Es cierto que la comparación tiene varios defectos: la Obra tiene un estilo laical, sus colegios no suelen tener internado, el Opus Dei no tiene aún una tradición multisecular como la de los jesuitas... Tal vez haya otros ejemplos de colegios actuales más parecidos al Apóstol Santiago de los cincuenta (quizá los de los Legionarios, Lumen Dei... pero no estoy muy seguro), pero teniendo en cuenta el gran número de colegios que tiene el Opus Dei, creo que este entorno es el más propicio para que la lectura de esta novela por parte de sus alumnos ejerza en ellos una influencia poderosa y fascinante, como ocurrió conmigo en su día. A todos ellos se la recomiendo.
domingo, 21 de enero de 2007
La vida sale al encuentro
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