Hablaba el otro día de los inconvenientes de la marcha nocturna, y de cómo a mí no me resultaba tan fascinante como a la gente con la que salgo (o eso parece, por lo menos). Como la retahíla de improperios contra este tipo de ocio quedó inconclusa, voy a intentar acabarla con esta entrada, y así resarcirme de ese regusto a hipocresía que me queda cuando después de una larga, cansina y desaborida noche me preguntan si me lo he pasado bien, y siempre contesto afirmativamente, si bien con poco entusiasmo.
En conexión con la falta de perchas y el aire viciado de tabaco, podría hablar ahora de los infectos cuartos de baño que suelen encontrarse en estos locales. Ya sé que la gente, a esas horas, y con lo que lleva en el cuerpo, no va a poder hacer muchos alardes de puntería a la hora de vaciar su vejiga, pero eso no justifica que todo el suelo quede encharcado, o a lo mejor sí, teniendo en cuenta la racanería de la que hacen gala muchos garitos a la hora de reservar espacio para estas funciones. Ya no es sólo lo reducido del espacio, sino la cutre elección del modelo de sanitarios: urinarios minúsculos situados a una altura adecuada más bien para niños de ochos años, que parecen diseñados para robarte la intimidad a la hora de miccionar, inodoros, también diminutos, desprovistos de tapa y de asiento, por supuesto sin papel higiénico, y cuya única utilidad es hacerte rezar para que no te entre un apretón, largas colas de espera, alta concentración de borrachos y pastilleros, un panorama encantador, sin duda.
La bebida. No voy a hablar aquí de que si ponen garrafón, que si las copas están muy caras... Voy a hablar de la falta de comida. Obviamente un bar de copas no es un restaurante, pero las copas entran mejor con algo para picar, digo yo. He oído hablar de que en otras ciudades de España sí que es frecuente que puedas comer algo en estos sitios, incluso en Galicia parece ser que puedes comerte un buen bocata (esta región en eso del buen comer suele estar bastante en la vanguardia), pero lo que es en Madrid, más vale que vayas bien cenado, si no quieres que ya la segunda copa empiece a subírsete a la cabeza.
El ¿a dónde vamos ahora?. Esa peligrosa indecisión a las tres de la madrugada de una fría noche invernal madrileña. Hacer una ronda por muchos bares está muy bien, pero por favor, resérvese sólo para estaciones templadas o cálidas. En el fondo esto pasa muy frecuentemente cuando un local no está muy animado, dando igual que el grupo con el que salgas sea bastante grande, porque está claro que cuando se sale de noche tu pandilla no puede llegar a ser nunca autosuficiente. Luego se acabará en un garito abarrotado, donde las probabilidades de socialización con nueva gente seguirán siendo muy reducidas, pero a cambio con seguridad te pasarás varias horas aguantando empujones de los que salen a la calle, si te cambias de sitio, serán los empellones de los que quieren entrar al baño, si vuelves a cambiar, sufrirás los apretones de la gente que se acerca a la barra, y cuando crees que ya has encontrado el sitio perfecto, las luces del local anunciarán que ya es hora de largarse.
Y en ese momento, si ya no estás en edad o con ánimos de ir a un After-Hours, será el momento de pensar en cómo demonios volverás a casa. Aunque uno ya está ganándose la vida, los sablazos del taxi siguen siendo muy dolorosos, y aunque el transporte nocturno en la capital es bastante aceptable, las conexiones con las poblaciones de la periferia son ya otro cantar. Si acabas de perder un búho, y es invierno, más vale darse una buena caminata de tres cuartos de hora para no acabar congelado. Y conviene que te apresures a coger un asiento en la zona delantera del bus, si no quieres ir entre porreros de dieciséis años, que te recuerden que te estás haciendo viejo, que tú ya no pintas nada en un búho, y que el hecho de que estés escribiendo una entrada de tu blog un viernes a las doce denota una vida social mejorable, y que el que no te guste salir de noche no constituye una buena excusa.
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