Para mi alivio ya he terminado uno de los libros que estaba abordando simultáneamente. Como ya hice una recensión del libro, me limitaré a comentar algunos hechos que no había leído aún al escribir la otra entrada, y que me han llamado bastante la atención.
El primer episodio curioso aparece en el capítulo 13 (Los hombres del Rey), y aunque me avergüenza un poco comentarlo, ya que se trata de un cotilleo más que de otra cosa, no deja de tener su interés. Resulta que en el viaje que Felipe II realizó a Inglaterra para consumar su matrimonio con María Tudor (y aquí uno no puede dejar de preguntarse cómo hubiera cambiado la Historia de España si de esa unión hubiese surgido un vástago, que hubiese heredado conjuntamente Inglaterra y los Países Bajos. Quién sabe, tal vez ahora tendríamos un Reino Unido católico, y los flamencos no nos hubieran dado tanto la lata en el siglo XVII) le acompañaba uno de sus hombres más cercanos, don Gómez Suárez de Figueroa, conde de Feria, posteriormente duque. Allí en Inglaterra conoció a una dama de la corte, lady Jane Dormer, cuyo retrato se conserva en el Museo del Prado (supongo que será éste que pongo abajo), y que por alguna oscura razón le pareció una beldad (a mí por el cuadro no es que me atraiga mucho que digamos) y decidió casarse con ella pese a la oposición familiar. En efecto, su madre, doña Catalina Fernández de Córdoba le tenía preparada una boda con una sobrina del duque, con el fin de unir las casas de Feria y de Priego. Cuando su hijo le comunicó que se casaba con la inglesa, su madre puso el grito en el cielo, pues ya por aquella época, por razones religiosas, la reputación de las inglesas en España no era muy buena (algunos hoy dirían que las inglesas tienen "muy buena reputación"). A tal extremo llegó la cosa que doña Catalina llegó a recurrir al mismísimo padre Laínez (quien fuera el segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús) para hacer entrar en razón a su hijo. El buen jesuita, con buen sentido, tranquilizó a la madre, pues Jane Domer por lo visto era una bellísima persona, y de ella diría don Álvaro de la Quadra que "... cierto, es muy gentil señora y de muy santas costumbres..." así que finalmente el duque de Feria se salió con la suya, y pudo presumir en España de su exótica conquista.
Otro asunto muy curioso está relacionado con el testamento del Rey. Mencionando en una cláusula las reliquias que no debían enajenarse bajo ningún concepto (Felipe II era un apasionado de las reliquias, llegando a atesorar más de 7400), hace alusión también a otros objetos que debían conservarse, y que no eran reliquias, sino pura superchería: ¡seis cuernos de unicornio!. Por lo visto el Rey creía en la existencia de ese animal fabuloso, y en las propiedades milagrosas que se le atribuían a su cuerno, que aumentaba la potencia viril de su dueño. Y ya se sabe que los asuntos de alcoba son esenciales para la perpetuación de la dinastía, así que un poco de superstición no iba a hacer mucho daño...
Un episodio más serio es la conjura del pastelero de Madrigal, de la que yo no había leído nada anteriormente. Como la historia es un poco larga, mejor visitar este blog, donde se explica estupendamente.
Por último, la agonía del Rey. De esa sí que ya sabía cosas, pero cuando se vuelve a leer no deja de impresionar: La gota que le hace insoportable hasta el peso de la sábana, un tumor maligno en la pierna, que los médicos le sajan para que supure, llagas por todo el cuerpo debido a la inmovilidad, mal funcionamiento del vientre que obliga a hacerle una abertura por donde expulsar los excrementos... Pero lo mejor de todo es cuando llama al pusilánime de su hijo, futuro Felipe III, para que viera que los reyes también son hombres mortales: "...porque véais en lo que paran las monarquías deste mundo..."
En fin, cuatro perlas de un libro que ha merecido la pena leer, pese a su extensión. Ahora, ¡a por Isabel la Católica!.
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