Prometí una entrada cuando terminase de leer la Dama de Blanco, y aquí estoy cumpliendo mi promesa, lo cual tiene mucho mérito teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que alguien me lea.
Aunque el narrador principal sea Walter Haltright, la víctima del engaño sea Laura Fairlie y el título del libro se refiera a Anne Catherick, parece como si el autor quisiese transferir el protagonismo a los otros dos personajes principales de la obra: Marian Halcombe y Fosco. Pocas veces he visto un ejemplo literario de amor fraternal más hermoso como el que une a Marian y a Laura, a pesar de ser hermanastras y desiguales en herencia y en rango social. Y qué maravilla leer el diario de Marian, registro detallado de todos los hechos acaecidos en Blackwater Park, qué tensión al ir descubriendo poco a poco los manejos del conde y la colaboración sumisa de su mujer... Aunque no crea mucho en la interpretación de los sueños (sobre todo de los míos), ¿alguien me puede citar uno más sugerente que el que profetiza a Marian el regreso de Walter Haltright?.
En fin, que esto no tenía nada que ver con Orgullo y Prejuicio, aunque Limmeridge pudiera compararse con las posesiones de Darcy en Pemberley, mientras que Blackwater Park me ha recordado más bien a Cumbres Borrascosas (¡Dios mío!, que pasión tan violenta la que bullía en el interior de Emily Brönte, con qué fuerza se hubiera echado a los brazos de su amado, si lo hubiese tenido). La construcción de la intriga es perfecta, demasiado en ocasiones, la resolución demasiado redonda, con algún recurso al Deus ex maquina, pero ¡qué se le va hacer!, estamos todavía en 1860 y Sir Arthur Conan Doyle apenas si habría comenzado a andar. Si la construcción de la trama no nos satisface del todo, ¿qué importa, si aún nos queda el conde Fosco?.
viernes, 26 de enero de 2007
domingo, 21 de enero de 2007
La vida sale al encuentro
Si Schopenhauer calificó El Criticón como uno de los mejores libros del mundo, yo por mi parte incluyo en esta lista la obra más famosa de José Luis Martín Vigil, escritor infravalorado que ni siquiera aparece en la Wikipedia, ni en la versión inglesa ni (por supuesto) en la española. Se dirá que este libro sólo puede interesar a chicos y chicas (preferentemente estas últimas) de entre doce y dieciséis años, educados en un ambiente fervientemente católico, y nacidos al poco de terminar la Guerra Civil, es decir, que como actualmente no hay nadie en España que reúna estos requisitos, este libro no es más que una reliquia, vacía de significado para cualquier persona del mundo actual.
Naturalmente, todo lo anterior es una exageración, pero no deja de ser cierto que esta obra, efectivamente dirigida a adolescentes (sin distinción de sexo, creo yo), puede resultar prácticamente ininteligible para los chavales españoles (y por extensión, para chavales de cualquier otra nacionalidad) de hoy en día. No lo digo sólo por la secularización acaecida en nuestro país, pues a fin de cuentas, sigue habiendo un grandísimo número de colegios católicos, cuyos alumnos tal vez podrían verse reflejados en los protagonistas de esta novela, que estudian en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, todavía existente en la actualidad. Pero es que estos colegios son tan diferentes hoy en día de como lo fueron en los años cincuenta (y visitando mismamente la web del Apóstol Santiago, se puede ver que ahora no lo reconocería ni la madre que lo parió), y el ambiente social ha evolucionado tanto (democracia, inmigración...), que incluso para el alumno medio de un colegio de curas o de monjas las vivencias de Ignacio y Karin no pueden tener ninguna conexión con las suyas. Todo esto lo explica muy bien Incitatus (¿Andrés Trapiello?) en este artículo.
Sin embargo, hay un reducto de adolescentes a los que este libro aún puede hablarles. Todo se trata de buscar en los lugares adecuados. ¿Qué se hizo de los antiguos y prestigiosísimos colegios de jesuitas? ¿habrá que buscar su continuidad en los colegios de la Compañía existentes hoy en día?. En mi opinión no, pues hay diversos factores que rompen esta continuidad: ahora esos colegios suelen ser mixtos, subvencionados, buena parte del profesorado no tiene nada que ver con el carisma ignaciano, y los profesores que sí son jesuitas, si no son de la vieja escuela, siguen poco la tradición intelectual de su Orden.
Si por el contrario nos fijamos en los colegios de cierta Prelatura Personal de la Iglesia Católica, vemos que en ellos no concurren las características que diferencian a los actuales colegios de jesuitas de los de antaño: la separación de sexos es estricta (lo cual influye muchísimo en la vida colegial), suelen ser colegios privados no concertados, la mayoría del profesorado es miembro o simpatizante del Opus Dei, y todos ellos suelen ser muy fieles a la tradición más ortodoxa que es pauta dentro de la Prelatura. Por ello creo que no aventuro demasiado si me atrevo a decir que familias que hace cincuenta años hubiesen llevado con seguridad a sus hijos a un colegio jesuita, hoy en día su opción más natural sería uno del Opus. Es cierto que la comparación tiene varios defectos: la Obra tiene un estilo laical, sus colegios no suelen tener internado, el Opus Dei no tiene aún una tradición multisecular como la de los jesuitas... Tal vez haya otros ejemplos de colegios actuales más parecidos al Apóstol Santiago de los cincuenta (quizá los de los Legionarios, Lumen Dei... pero no estoy muy seguro), pero teniendo en cuenta el gran número de colegios que tiene el Opus Dei, creo que este entorno es el más propicio para que la lectura de esta novela por parte de sus alumnos ejerza en ellos una influencia poderosa y fascinante, como ocurrió conmigo en su día. A todos ellos se la recomiendo.
Naturalmente, todo lo anterior es una exageración, pero no deja de ser cierto que esta obra, efectivamente dirigida a adolescentes (sin distinción de sexo, creo yo), puede resultar prácticamente ininteligible para los chavales españoles (y por extensión, para chavales de cualquier otra nacionalidad) de hoy en día. No lo digo sólo por la secularización acaecida en nuestro país, pues a fin de cuentas, sigue habiendo un grandísimo número de colegios católicos, cuyos alumnos tal vez podrían verse reflejados en los protagonistas de esta novela, que estudian en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, todavía existente en la actualidad. Pero es que estos colegios son tan diferentes hoy en día de como lo fueron en los años cincuenta (y visitando mismamente la web del Apóstol Santiago, se puede ver que ahora no lo reconocería ni la madre que lo parió), y el ambiente social ha evolucionado tanto (democracia, inmigración...), que incluso para el alumno medio de un colegio de curas o de monjas las vivencias de Ignacio y Karin no pueden tener ninguna conexión con las suyas. Todo esto lo explica muy bien Incitatus (¿Andrés Trapiello?) en este artículo.
Sin embargo, hay un reducto de adolescentes a los que este libro aún puede hablarles. Todo se trata de buscar en los lugares adecuados. ¿Qué se hizo de los antiguos y prestigiosísimos colegios de jesuitas? ¿habrá que buscar su continuidad en los colegios de la Compañía existentes hoy en día?. En mi opinión no, pues hay diversos factores que rompen esta continuidad: ahora esos colegios suelen ser mixtos, subvencionados, buena parte del profesorado no tiene nada que ver con el carisma ignaciano, y los profesores que sí son jesuitas, si no son de la vieja escuela, siguen poco la tradición intelectual de su Orden.
Si por el contrario nos fijamos en los colegios de cierta Prelatura Personal de la Iglesia Católica, vemos que en ellos no concurren las características que diferencian a los actuales colegios de jesuitas de los de antaño: la separación de sexos es estricta (lo cual influye muchísimo en la vida colegial), suelen ser colegios privados no concertados, la mayoría del profesorado es miembro o simpatizante del Opus Dei, y todos ellos suelen ser muy fieles a la tradición más ortodoxa que es pauta dentro de la Prelatura. Por ello creo que no aventuro demasiado si me atrevo a decir que familias que hace cincuenta años hubiesen llevado con seguridad a sus hijos a un colegio jesuita, hoy en día su opción más natural sería uno del Opus. Es cierto que la comparación tiene varios defectos: la Obra tiene un estilo laical, sus colegios no suelen tener internado, el Opus Dei no tiene aún una tradición multisecular como la de los jesuitas... Tal vez haya otros ejemplos de colegios actuales más parecidos al Apóstol Santiago de los cincuenta (quizá los de los Legionarios, Lumen Dei... pero no estoy muy seguro), pero teniendo en cuenta el gran número de colegios que tiene el Opus Dei, creo que este entorno es el más propicio para que la lectura de esta novela por parte de sus alumnos ejerza en ellos una influencia poderosa y fascinante, como ocurrió conmigo en su día. A todos ellos se la recomiendo.
viernes, 19 de enero de 2007
Valls y Fisac
San Pedro quiere tomarse un descanso, y deja a un ángel encargado de controlar las almas que pueden entrar en el Cielo. Como el ángel no tiene mucha experiencia en estas lides, San Pedro le entrega una Biblia y una bolsa de dinero, y le dice que a cada alma que quiera entrar en el Cielo le dé a elegir entre estos dos objetos, y que al que elija la Biblia, lo deje pasar, y al que coja el dinero, lo mande al Infierno. Al cabo de una hora, vuelve San Pedro a ver qué tal le ha ido al ángel. Éste le dice que todo ha sido muy fácil, excepto cuando llegó un grupo de gente algo extraña, que eligió a la vez la Biblia y el dinero, y como no sabía muy bien qué hacer, decidió que era mejor dejarlos entrar en el Cielo, a lo que San Pedro responde malhumorado: ¡Ya se han colado otra vez los del Opus!.
Éste chiste tan viejo sobre el Opus Dei viene bien como introducción al primero de los dos personajes de los que se va a hablar en esta entrada, dos personajes que nos dejaron el año pasado: Luis Valls Taberner y Miguel Fisac. Sobre ambos hay dos interesantes artículos en un suplemento de El Mundo, aquí y aquí, en los que se sintetiza la trayectoria vital y la personalidad de ambos, si bien con algunos errores (por ejemplo, me parece completamente erróneo llamar a Fisac cofundador del Opus Dei).
Luis Valls Taberner, el banquero que quiso ser santo. Ciertamente, que una persona con una profesión que en el imaginario colectivo siempre ha estado asociada a la avaricia y a montañas de dinero (y desde luego, dinero sí que amasó este hombre, aunque personalmente viviese con muchísima austeridad) aspire además a la santidad, no deja de resultar muy chocante, sobre todo en países católicos como España, donde la gente se toma muy a la letra aquello de "Le es más fácil a un camello...", es decir, un país en el que a priori se desconfía de la honestidad de la gente que sabe hacer dinero. Me gusta el apodo que según parece tenía Luis Valls: el cardenal de la banca española. Y sabiendo que medía metro noventa, que era célibe, y viendo la foto publicada en El Mundo en la que aparece afeitándose, es fácil imaginárselo posando vestido de rojo para un retrato de Velázquez o de Tiziano... Siempre me llamó la atención el Banco Popular, cuando quiso mantenerse al margen de las grandes fusiones acaecidas en la banca española (Santander, Central Hispano, BBV, Argentaria...), y cuando tantas veces ha liderado el ranking del sector (una vez mejor banco del mundo, cuatro veces el mejor de Europa...). También merece destacarse la afiliación política de Luis Valls, liberal y monárquico, de un liberalismo que yo me figuro más tranquilo que el mostrado actualmente por el más famoso liberal español, más en la línea de otro insigne miembro del Opus, y también fallecido no hace mucho, Rafael Termes, del que tal vez hable en alguna entrada futura. Un liberalismo que alabó en su día la legalización del PCE y que no dudó en prestar dinero al PSOE (los negocios son los negocios, o bien el liberalismo entendido en su acepción antigua de liberalidad, generosidad...), un liberalismo que camina de la mano del respeto...
Un liberalismo del que, si le hacemos caso, parece ser que disfrutó poco en vida el otro personaje protagonista de esta entrada. Miguel Fisac, innovador de la arquitectura española de la posguerra, fue también uno de los primeros miembros del Opus Dei. Sin embargo, parece que nunca se encontró muy contento dentro de la institución, por lo que acabó saliéndose de ella. A partir de ahí comenzó, siempre según Miguel Fisac, una persecución por parte del Opus contra su persona y su trayectoria profesional. Lo cierto es que en el campo de la arquitectura tuvo un largo período de sequía en el que no le llegaban encargos, aunque la posterior llegada de las administraciones autonómicas mitigó la situación. Sobre este asunto prefiero no pronunciarme porque no lo he estudiado cuidadosamente y no quiero emitir juicios temerarios, sólo diré que vi una vez a Miguel Fisac en la televisión, y me pareció un hombre que realmente había sufrido mucho interiormente, pero que a la vez había sido capaz de seguir fiel a sus convicciones religiosas después de su salida problemática de la Obra, un hombre tremendamente sensible, pero a la vez fuerte. Un hombre honesto, como también creo que lo fue Luis Valls.
Éste chiste tan viejo sobre el Opus Dei viene bien como introducción al primero de los dos personajes de los que se va a hablar en esta entrada, dos personajes que nos dejaron el año pasado: Luis Valls Taberner y Miguel Fisac. Sobre ambos hay dos interesantes artículos en un suplemento de El Mundo, aquí y aquí, en los que se sintetiza la trayectoria vital y la personalidad de ambos, si bien con algunos errores (por ejemplo, me parece completamente erróneo llamar a Fisac cofundador del Opus Dei).
Luis Valls Taberner, el banquero que quiso ser santo. Ciertamente, que una persona con una profesión que en el imaginario colectivo siempre ha estado asociada a la avaricia y a montañas de dinero (y desde luego, dinero sí que amasó este hombre, aunque personalmente viviese con muchísima austeridad) aspire además a la santidad, no deja de resultar muy chocante, sobre todo en países católicos como España, donde la gente se toma muy a la letra aquello de "Le es más fácil a un camello...", es decir, un país en el que a priori se desconfía de la honestidad de la gente que sabe hacer dinero. Me gusta el apodo que según parece tenía Luis Valls: el cardenal de la banca española. Y sabiendo que medía metro noventa, que era célibe, y viendo la foto publicada en El Mundo en la que aparece afeitándose, es fácil imaginárselo posando vestido de rojo para un retrato de Velázquez o de Tiziano... Siempre me llamó la atención el Banco Popular, cuando quiso mantenerse al margen de las grandes fusiones acaecidas en la banca española (Santander, Central Hispano, BBV, Argentaria...), y cuando tantas veces ha liderado el ranking del sector (una vez mejor banco del mundo, cuatro veces el mejor de Europa...). También merece destacarse la afiliación política de Luis Valls, liberal y monárquico, de un liberalismo que yo me figuro más tranquilo que el mostrado actualmente por el más famoso liberal español, más en la línea de otro insigne miembro del Opus, y también fallecido no hace mucho, Rafael Termes, del que tal vez hable en alguna entrada futura. Un liberalismo que alabó en su día la legalización del PCE y que no dudó en prestar dinero al PSOE (los negocios son los negocios, o bien el liberalismo entendido en su acepción antigua de liberalidad, generosidad...), un liberalismo que camina de la mano del respeto...
Un liberalismo del que, si le hacemos caso, parece ser que disfrutó poco en vida el otro personaje protagonista de esta entrada. Miguel Fisac, innovador de la arquitectura española de la posguerra, fue también uno de los primeros miembros del Opus Dei. Sin embargo, parece que nunca se encontró muy contento dentro de la institución, por lo que acabó saliéndose de ella. A partir de ahí comenzó, siempre según Miguel Fisac, una persecución por parte del Opus contra su persona y su trayectoria profesional. Lo cierto es que en el campo de la arquitectura tuvo un largo período de sequía en el que no le llegaban encargos, aunque la posterior llegada de las administraciones autonómicas mitigó la situación. Sobre este asunto prefiero no pronunciarme porque no lo he estudiado cuidadosamente y no quiero emitir juicios temerarios, sólo diré que vi una vez a Miguel Fisac en la televisión, y me pareció un hombre que realmente había sufrido mucho interiormente, pero que a la vez había sido capaz de seguir fiel a sus convicciones religiosas después de su salida problemática de la Obra, un hombre tremendamente sensible, pero a la vez fuerte. Un hombre honesto, como también creo que lo fue Luis Valls.
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domingo, 14 de enero de 2007
El Prestigio
Se ve que hoy la cosa va de cine. Después de la película anterior, ahora toca comentar esta otra, cuyo título he traducido directamente del inglés, ya que el que le han puesto en castellano, "El truco final", no me gusta tanto (además, así contribuyo a revivificar una acepción de la palabra que actualmente se usa poco).
El caso es que fui a ver la película este viernes, invitado un poco a última hora por los mismos amigos de la ocasión anterior (y ahora que lo pienso, de momento fui invitado literalmente, ya que se me olvidó pagarles la entrada, espero acordarme para la próxima vez). Aprovecho aquí para hacer una pequeña disgresión sobre la conversación telefónica en la que quedé con uno de esos dos amigos, el que tiene entre nosotros mayor aversión al cine español. Habiéndole preguntado yo por el título de la película, me dijo que íbamos a ver 'The Prestige', la cual me era completamente desconocida. Como me sonaba a petrolero, le dije en broma que si se trataba de algún documental español reivindicativo, y el siguió con la coña diciendo que sí, que actuaban todos los actores del "No a la guerra", y que yo iba a tener asiento justo al lado de la Bardem. Como yo tenía que regresar a mi puesto de trabajo, la cosa no dio para más.
Y ahora la película. Me fastidió llegar con ella ya empezada, sobre todo al darme cuenta de lo complicada que era su estructura temporal, que me hacía recordar un poco a Memento, y no era para menos, puesto que el director de ambas películas es el mismo (circunstancia entonces también desconocida para mí). La película me pareció fascinante. La ambientación del siglo XIX americano, fabulosa. El mundo de los prestidigitadores de la época, con sus rivalidades a muerte (ignoro si realmente llegaban a tanto), interesantísimo para mí, que nunca he tenido un gran interés en la magia. Los actores, muy buenos. Scarlett Johansson, más encantadora y exuberante que nunca. El duelo entre los dos protagonistas, es un crescendo continuo que no te deja tiempo ni para respirar. Y por encima de todo, Tesla, ese gran inventor sobre el que tantas teorías conspiranoicas se han elaborado, y cuya introducción en una historia de magos resulta tan sugestiva, si bien con el inconveniente de dar un toque de irrealismo a una película en la que a priori uno no espera ese tipo de elementos, pero bueno, como dice Tesla, "Things don't always go as planned, Mr. Angier. That's the beauty of science".
El caso es que fui a ver la película este viernes, invitado un poco a última hora por los mismos amigos de la ocasión anterior (y ahora que lo pienso, de momento fui invitado literalmente, ya que se me olvidó pagarles la entrada, espero acordarme para la próxima vez). Aprovecho aquí para hacer una pequeña disgresión sobre la conversación telefónica en la que quedé con uno de esos dos amigos, el que tiene entre nosotros mayor aversión al cine español. Habiéndole preguntado yo por el título de la película, me dijo que íbamos a ver 'The Prestige', la cual me era completamente desconocida. Como me sonaba a petrolero, le dije en broma que si se trataba de algún documental español reivindicativo, y el siguió con la coña diciendo que sí, que actuaban todos los actores del "No a la guerra", y que yo iba a tener asiento justo al lado de la Bardem. Como yo tenía que regresar a mi puesto de trabajo, la cosa no dio para más.
Y ahora la película. Me fastidió llegar con ella ya empezada, sobre todo al darme cuenta de lo complicada que era su estructura temporal, que me hacía recordar un poco a Memento, y no era para menos, puesto que el director de ambas películas es el mismo (circunstancia entonces también desconocida para mí). La película me pareció fascinante. La ambientación del siglo XIX americano, fabulosa. El mundo de los prestidigitadores de la época, con sus rivalidades a muerte (ignoro si realmente llegaban a tanto), interesantísimo para mí, que nunca he tenido un gran interés en la magia. Los actores, muy buenos. Scarlett Johansson, más encantadora y exuberante que nunca. El duelo entre los dos protagonistas, es un crescendo continuo que no te deja tiempo ni para respirar. Y por encima de todo, Tesla, ese gran inventor sobre el que tantas teorías conspiranoicas se han elaborado, y cuya introducción en una historia de magos resulta tan sugestiva, si bien con el inconveniente de dar un toque de irrealismo a una película en la que a priori uno no espera ese tipo de elementos, pero bueno, como dice Tesla, "Things don't always go as planned, Mr. Angier. That's the beauty of science".
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Pequeña Miss Sunshine
Calculo que fui a ver esta película el martes 19 de diciembre del año pasado, con un par de amigos, a los inmensos multicines que hay en mi pueblo. Habiéndoseme explicado brevemente el argumento de la película (niña hace un viaje para participar en un concurso de belleza), intenté defender otras opciones que a priori me parecían mucho más interesantes, como Eragon (soy un fan de Tolkien, y esto parecía del estilo) o Mia Sarah (sabía que esta opción estaba abocada al fracaso, conociendo los prejuicios de mis amigos, que yo en parte comparto, contra el cine español), pero como era de esperar, no triunfé. Afortunadamente.
Hacía tiempo que no me reía tanto con una comedia, que en ocasiones toma tintes algo dramáticos. No voy a contar nada del argumento, si alguien por casualidad lee esta opinión, que vaya a ver la película, sólo diré que el final es totalmente apoteósico.
Sí quería comentar una frase notable de las que abundan en la película, que bien podría considerarse como síntesis perfecta del espíritu emprendedor norteamericano. Dice más o menos así: "Los perdedores son aquellos que tienen tanto miedo de no triunfar, que ni siquiera lo intentan". No está mal, ¿verdad?.
Hacía tiempo que no me reía tanto con una comedia, que en ocasiones toma tintes algo dramáticos. No voy a contar nada del argumento, si alguien por casualidad lee esta opinión, que vaya a ver la película, sólo diré que el final es totalmente apoteósico.
Sí quería comentar una frase notable de las que abundan en la película, que bien podría considerarse como síntesis perfecta del espíritu emprendedor norteamericano. Dice más o menos así: "Los perdedores son aquellos que tienen tanto miedo de no triunfar, que ni siquiera lo intentan". No está mal, ¿verdad?.
martes, 2 de enero de 2007
Felipe II y su Tiempo
Manuel Fernández Álvarez es un historiador de prestigio especializado en el Renacimiento español, que ha conseguido llegar al gran público con varias de sus obras, como Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas o Carlos V. El César y el Hombre. El libro del que voy a hablar en esta entrada, Felipe II y su Tiempo, se incluye también entre los que han alcanzado una difusión notable, lo cual resulta meritorio teniendo en cuenta que se trata de un libro de Historia (no de una novela histórica de las que están ahora tan de moda) con un grosor de casi mil páginas.
La obra está dividida en tres grandes bloques: en el primero se ofrece un panorama general de la época, describiendo las instituciones de la Monarquía Católica, las condiciones socioeconómicas y las características del momento cultural; el segundo bloque del libro está consagrado a los acontecimientos históricos propiamente dichos, y la última parte la constituye una semblanza personal de Felipe II, en la que se analiza su formación, estilo de gobierno, amores y pensamiento. Yo he leído ya los dos primeros bloques, y estoy enfrascado en la lectura del último.
La primera parte me resultó muy útil para tener una visión general del contexto histórico, y aunque en ocasiones la aportación de datos resulta abrumadora (por no decir fastidiosa), hay aspectos muy interesantes, entre los que destaca la descripción pormenorizada de los distintos órganos de gobierno con los que contaba la Monarquía. En este punto me llamó la atención el hecho de que en el Consejo del Reino, que era el órgano más importante, estuviera vetada en la práctica la entrada de Grandes de España (de hecho el duque de Alba ambicionó entrar en el Consejo, pero Felipe II jamás se lo permitió), costumbre que se había impuesto ya durante el reinado de los Reyes Católicos, y que era una muestra clara del esfuerzo de la Monarquía por liberarse de la influencia de la Alta Nobleza, y por construir un Estado moderno y eficaz en contraposición al antiguo modelo medieval, en el que el poder del Rey era mucho más limitado.
El bloque dedicado a los acontecimientos históricos me pareció un poco irregular, pues mezcla capítulos interesantísimos (Armada Invencible, Antonio Pérez...) con otros verdaderamente insufribles, como el de España versus Islam. Entre las conclusiones que he extraído es que la etiqueta de Rey Prudente no es adecuada para caracterizar todas las actuaciones de Felipe II. Así en el caso de la Armada Invencible vemos que desde que se incuba la idea de invadir Inglaterra se pierde un tiempo precioso (permitiendo a la reina Isabel impulsar la modernización de su armada), para luego pasar a la acción en circunstancias desfavorables (como el hecho de poner al frente de la Armada al duque de Medina-Sidonia, sin ninguna experiencia en la marina). Sin embargo, en el caso de la anexión de Portugal vemos que Felipe II actúa con gran rapidez después de la muerte del rey Sebastián, primero defendiendo sus derechos sucesorios frente a los de los demás pretendientes, y luego impulsando una rápida campaña militar tras la negativa de las Cortes portuguesas a proclamarle Rey. Por último, merece destacarse el caso de Antonio Pérez, por tratarse de un episodio donde la honestidad del rey queda en entredicho, en primer lugar, por mantener tantos años como secretario a este personaje, a pesar de ser un corrupto cuyo escandaloso tren de vida era ya vox pópuli, en segundo lugar, por acceder a terminar con Escobedo sin juicio previo, y por último, por permitir que una morisca fuera procesada por intento de envenenamiento, a sabiendas de que era inocente.
Como ya he dicho, ahora estoy leyendo la última parte del libro, la que se centra en la persona de Felipe II. Aunque la acabo de comenzar, parece bastante prometedora. Ya me ha servido por lo menos para saber qué idiomas hablaba Felipe II (castellano y portugués, dejando aparte el latín) y cuál era la lengua materna de Carlos V (no era el alemán o el flamenco, como yo hubiera supuesto, sino el francés). Muy entrañable también todo lo referente a la emperatriz Isabel de Portugal, que siempre ha sido una de mis reinas españolas preferidas (será por lo guapa que sale en el retrato de Tiziano, aunque gracias a este libro ¡ay! me he enterado de que se trata de un retrato póstumo, y por tanto poco fiable).
En definitiva, recomiendo este libro a todos aquellos que disfrutaron en el colegio estudiando la época de los Austrias, y que quieran profundizar un poco tanto en los hechos históricos como en la personalidad de Felipe II.
La obra está dividida en tres grandes bloques: en el primero se ofrece un panorama general de la época, describiendo las instituciones de la Monarquía Católica, las condiciones socioeconómicas y las características del momento cultural; el segundo bloque del libro está consagrado a los acontecimientos históricos propiamente dichos, y la última parte la constituye una semblanza personal de Felipe II, en la que se analiza su formación, estilo de gobierno, amores y pensamiento. Yo he leído ya los dos primeros bloques, y estoy enfrascado en la lectura del último.
La primera parte me resultó muy útil para tener una visión general del contexto histórico, y aunque en ocasiones la aportación de datos resulta abrumadora (por no decir fastidiosa), hay aspectos muy interesantes, entre los que destaca la descripción pormenorizada de los distintos órganos de gobierno con los que contaba la Monarquía. En este punto me llamó la atención el hecho de que en el Consejo del Reino, que era el órgano más importante, estuviera vetada en la práctica la entrada de Grandes de España (de hecho el duque de Alba ambicionó entrar en el Consejo, pero Felipe II jamás se lo permitió), costumbre que se había impuesto ya durante el reinado de los Reyes Católicos, y que era una muestra clara del esfuerzo de la Monarquía por liberarse de la influencia de la Alta Nobleza, y por construir un Estado moderno y eficaz en contraposición al antiguo modelo medieval, en el que el poder del Rey era mucho más limitado.
El bloque dedicado a los acontecimientos históricos me pareció un poco irregular, pues mezcla capítulos interesantísimos (Armada Invencible, Antonio Pérez...) con otros verdaderamente insufribles, como el de España versus Islam. Entre las conclusiones que he extraído es que la etiqueta de Rey Prudente no es adecuada para caracterizar todas las actuaciones de Felipe II. Así en el caso de la Armada Invencible vemos que desde que se incuba la idea de invadir Inglaterra se pierde un tiempo precioso (permitiendo a la reina Isabel impulsar la modernización de su armada), para luego pasar a la acción en circunstancias desfavorables (como el hecho de poner al frente de la Armada al duque de Medina-Sidonia, sin ninguna experiencia en la marina). Sin embargo, en el caso de la anexión de Portugal vemos que Felipe II actúa con gran rapidez después de la muerte del rey Sebastián, primero defendiendo sus derechos sucesorios frente a los de los demás pretendientes, y luego impulsando una rápida campaña militar tras la negativa de las Cortes portuguesas a proclamarle Rey. Por último, merece destacarse el caso de Antonio Pérez, por tratarse de un episodio donde la honestidad del rey queda en entredicho, en primer lugar, por mantener tantos años como secretario a este personaje, a pesar de ser un corrupto cuyo escandaloso tren de vida era ya vox pópuli, en segundo lugar, por acceder a terminar con Escobedo sin juicio previo, y por último, por permitir que una morisca fuera procesada por intento de envenenamiento, a sabiendas de que era inocente.
Como ya he dicho, ahora estoy leyendo la última parte del libro, la que se centra en la persona de Felipe II. Aunque la acabo de comenzar, parece bastante prometedora. Ya me ha servido por lo menos para saber qué idiomas hablaba Felipe II (castellano y portugués, dejando aparte el latín) y cuál era la lengua materna de Carlos V (no era el alemán o el flamenco, como yo hubiera supuesto, sino el francés). Muy entrañable también todo lo referente a la emperatriz Isabel de Portugal, que siempre ha sido una de mis reinas españolas preferidas (será por lo guapa que sale en el retrato de Tiziano, aunque gracias a este libro ¡ay! me he enterado de que se trata de un retrato póstumo, y por tanto poco fiable).
En definitiva, recomiendo este libro a todos aquellos que disfrutaron en el colegio estudiando la época de los Austrias, y que quieran profundizar un poco tanto en los hechos históricos como en la personalidad de Felipe II.
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