domingo, 25 de marzo de 2007

Un libro menos

Para mi alivio ya he terminado uno de los libros que estaba abordando simultáneamente. Como ya hice una recensión del libro, me limitaré a comentar algunos hechos que no había leído aún al escribir la otra entrada, y que me han llamado bastante la atención.

El primer episodio curioso aparece en el capítulo 13 (Los hombres del Rey), y aunque me avergüenza un poco comentarlo, ya que se trata de un cotilleo más que de otra cosa, no deja de tener su interés. Resulta que en el viaje que Felipe II realizó a Inglaterra para consumar su matrimonio con María Tudor (y aquí uno no puede dejar de preguntarse cómo hubiera cambiado la Historia de España si de esa unión hubiese surgido un vástago, que hubiese heredado conjuntamente Inglaterra y los Países Bajos. Quién sabe, tal vez ahora tendríamos un Reino Unido católico, y los flamencos no nos hubieran dado tanto la lata en el siglo XVII) le acompañaba uno de sus hombres más cercanos, don Gómez Suárez de Figueroa, conde de Feria, posteriormente duque. Allí en Inglaterra conoció a una dama de la corte, lady Jane Dormer, cuyo retrato se conserva en el Museo del Prado (supongo que será éste que pongo abajo), y que por alguna oscura razón le pareció una beldad (a mí por el cuadro no es que me atraiga mucho que digamos) y decidió casarse con ella pese a la oposición familiar. En efecto, su madre, doña Catalina Fernández de Córdoba le tenía preparada una boda con una sobrina del duque, con el fin de unir las casas de Feria y de Priego. Cuando su hijo le comunicó que se casaba con la inglesa, su madre puso el grito en el cielo, pues ya por aquella época, por razones religiosas, la reputación de las inglesas en España no era muy buena (algunos hoy dirían que las inglesas tienen "muy buena reputación"). A tal extremo llegó la cosa que doña Catalina llegó a recurrir al mismísimo padre Laínez (quien fuera el segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús) para hacer entrar en razón a su hijo. El buen jesuita, con buen sentido, tranquilizó a la madre, pues Jane Domer por lo visto era una bellísima persona, y de ella diría don Álvaro de la Quadra que "... cierto, es muy gentil señora y de muy santas costumbres..." así que finalmente el duque de Feria se salió con la suya, y pudo presumir en España de su exótica conquista.


Otro asunto muy curioso está relacionado con el testamento del Rey. Mencionando en una cláusula las reliquias que no debían enajenarse bajo ningún concepto (Felipe II era un apasionado de las reliquias, llegando a atesorar más de 7400), hace alusión también a otros objetos que debían conservarse, y que no eran reliquias, sino pura superchería: ¡seis cuernos de unicornio!. Por lo visto el Rey creía en la existencia de ese animal fabuloso, y en las propiedades milagrosas que se le atribuían a su cuerno, que aumentaba la potencia viril de su dueño. Y ya se sabe que los asuntos de alcoba son esenciales para la perpetuación de la dinastía, así que un poco de superstición no iba a hacer mucho daño...

Un episodio más serio es la conjura del pastelero de Madrigal, de la que yo no había leído nada anteriormente. Como la historia es un poco larga, mejor visitar este blog, donde se explica estupendamente.

Por último, la agonía del Rey. De esa sí que ya sabía cosas, pero cuando se vuelve a leer no deja de impresionar: La gota que le hace insoportable hasta el peso de la sábana, un tumor maligno en la pierna, que los médicos le sajan para que supure, llagas por todo el cuerpo debido a la inmovilidad, mal funcionamiento del vientre que obliga a hacerle una abertura por donde expulsar los excrementos... Pero lo mejor de todo es cuando llama al pusilánime de su hijo, futuro Felipe III, para que viera que los reyes también son hombres mortales: "...porque véais en lo que paran las monarquías deste mundo..."

En fin, cuatro perlas de un libro que ha merecido la pena leer, pese a su extensión. Ahora, ¡a por Isabel la Católica!.

sábado, 24 de marzo de 2007

El buen alemán

Dos buenas películas consecutivas vistas en el cine es ya mucha casualidad, así que la tercera tenía que tener alguna pega: es un tostón de principio a fin. Iba con el amigo habitual, el que no le gusta el cine español (aunque teniendo como opciones Lola, la película y la de Santa Teresa tampoco estaba yo por la labor) y con otro más, también habitual, y su novia, a la que hacía mucho que no veía.

Entramos en la sala con la película recién comenzada, y nos damos cuenta de que es en blanco y negro —mal empezamos—. El reparto es bueno, pero eso no soluciona nada: está Galadriel, que pierde mucho cuando no podemos admirar su bella cabellera rubia; está el de los anuncios del Corte Inglés, protagonista de la película para más inri; también se puede ver, aunque por poco tiempo, a Spiderman.

Admiro las tomas del Berlín de la posguerra (dos días después iba a estar en ese mismo lugar), y el fundido entre esas imágenes de documental y las escenas de la película (aunque mi amigo, el que denosta el cine patrio, dice que en Cuéntame lo hacen mejor).

Galadriel, mujer fatal, va poco a poco desentrañando su oscuro secreto, pero la verdad es que cuando nos desvela su traición a su raza (y no precisamente a la de los Noldor) con la vulgar excusa de que "tenía que sobrevivir", y se sube a un avión en una escena que podría haber usado la Lufthansa el año pasado para celebrar su 80 aniversario, uno llega a la conclusión de que qué lastima de 6 euros y pico, que hubieran estado mejor invertidos en una copichuela en compañía de una chica, aunque no fuese Galadriel. Para colmo, mi cabezonería me llevó a apostar que era Scarlett Johansson y no Naomi Watts quien protagonizaba The Ring, así que la próxima vez tendré que invitar a mi amigo al cine. Espero que los 300 no me decepcionen.

domingo, 11 de marzo de 2007

Demasiados libros

Rechaza la sed de libros —dice Marco Aurelio—, para morir no con lamentos, sino con serenidad.

Así comienza el sexto capítulo de "El trabajo intelectual", de Jean Guitton, editado por Rialp en la colección Biblioteca del Cincuentenario. Actualmente no estoy siguiendo en absoluto el sabio consejo del emperador estoico, ya que mis lecturas abarcan mucho más de lo aconsejable para la serenidad de mi espíritu.

Después de acabar El Hobbit, del que aún tengo una crítica pendiente, mis lecturas en inglés continúan con la obra de Tolkien, concretamente con el libro en el que se asientan los pilares fundamentales de la mitología tolkieniana: El Silmarillion. Yo ya lo había leído en español, y la impresión que me produjo entonces fue la de un libro sin estructura coherente (lo cual es lógico, tratándose de una recopilación póstuma de textos del autor publicada por su hijo Christopher), en ocasiones pesadísimo, reiterativo, con una multitud de nombres imposible de memorizar, pero con un despliegue sencillamente magistral de toda una tradición mitológica sustentadora de un mundo imaginario. Esto último justifica sobradamente la lectura del libro pese a los inconvenientes antes mencionados, pero si además se tiene acceso a la obra en inglés, se podrá disfrutar de un bellísimo texto épico capaz de producir escalofríos de placer hasta en las mentes más impermeables a los encantos de la literatura fantástica.

Por otra parte, continúo con la lectura de Felipe II y su tiempo, que aunque dé la impresión —por el tiempo que me está llevando acabarlo— de que me está pareciendo un tostón, en realidad lo estoy disfrutando bastante. El problema es que al tratarse de una edición poco manejable, no lo quiero llevar diariamente en el transporte público, y sólo lo leo los fines de semana, robando tiempo a otras tareas también necesarias (como el cultivo de mi escasa vida social).

Para cuando lo termine, tengo esperando en mi estantería un libro que me trajeron los Reyes Magos el año pasado sobre Isabel la Católica, El Enigma de una Reina, escrito por José María Javierre. En un principio no tenía muchas ganas de leer este libro, en primer lugar, porque los Reyes me lo trajeron sin yo habérselo pedido, en segundo lugar, por su extensión, similar a la de Felipe II y su tiempo, y por último, por su autor, que me pareció demasiado entusiasta de la Reina (yo también soy bastante entusiasta, pero a la hora de leer un libro de Historia, me gusta que el autor tenga un poco de mesura). Ahora soy de otro parecer, es verdad que José María Javierre toma partido claramente a favor de Isabel, pero me ha resultado interesante saber que el autor, como buen cura progre que parece ser, tenía inicialmente una visión muy negativa de la Reina (por la Inquisición, la expulsión de los judíos, y todo eso), por lo que ahora me interesa saber por qué razón cambió de opinión, y por lo tanto me leeré el libro.

Además, aprovechando que estamos en Cuaresma, después de leer el mensaje del Santo Padre (un folio por las dos caras), estoy intentando abordar la lectura de una obra de Santa Teresa de Jesús: El Libro de la Vida. La verdad es que no sé cuántas veces he intentado hacer esto anteriormente, pero siempre ocurría que, aunque el comienzo me resultara delicioso, por el lenguaje tan fresco que utiliza la Santa, lo cierto es que cuando empieza a declarar los distintos modos de oración, el libro torna a ser más bien denso e incomprensible, así que nunca he logrado acabarlo. En esta ocasión tengo como aliciente la película que se ha estrenado en España sobre Santa Teresa, como no tengo ninguna intención de ir a verla (una película que se supone que ha escandalizado a la Iglesia Católica, cuando lo que ha pasado en verdad es que los medios de comunicación han confundido una crítica mesurada en una revista cristiana catalana, hecha por un crítico de cine católico, que ni es obispo ni siquiera sacerdote, con un anatema lanzado por la mismísima Jerarquía, y mientras el director y Paz Vega contentísimos con la publicidad gratis que le han hecho los medios de comunicación, pareciendo además que ésta se la ha hecho torpemente la Iglesia, como si la película fuese La Última Tentación de Cristo) he decidido que mejor intento profundizar en las obras de la Santa, lo cual seguro que me resultará mucho más provechoso. He comenzado por el Libro de la Vida porque es el que tengo en casa, y también porque por orden cronológico es el primero que hay que leer. Después puede que pruebe con Las Moradas o Las Fundaciones.

De modo que estoy con tres libros, uno de ellos en inglés, y otro en castellano antiguo, posiblemente algo remozado para mayor comprensión del lector moderno. Además está lo que debería leer en alemán, más todo lo que tengo que leer y escribir en el trabajo, que ahora no viene al caso, y encima escribiendo en este blog: Rechaza la sed de libros, rechaza la sed de libros...

domingo, 4 de marzo de 2007

La Latina de noche

Barrio frecuentadísimo de la noche madrileña, conocido más por los foráneos que por los naturales. Locales minúsculos, muchedumbres apretadas, precios elevados... Anoche hubo noche marchosa con un grupo de procedencia diversa: Andalucía, Murcia, Comunidad Valenciana, Navarra, Francia... Naturalmente los primeros marcaban el ritmo de la juerga: bulerías, saetas, palmas, zapateados... cena —carísima, por cierto— en el Sanlúcar: patatas con atún en escabeche, tortilla de camarón, adobes de Sanlúcar (cazón, supuse yo), ternera con salsa de queso, bocadito (riquísimo) de serrano, pimiento frito y ternera. Para beber, un par de cañas, si bien los sureños le dieron al fino. La broma salió por 15 € por barba, cuando sólo habíamos picado un poco de cada plato, (sospecho que los finos tuvieron la culpa).

Larga velada de cuatro horas en La Joyería (Calle de la Cruz, 33), mucha niña mona, mucho bailoteo —Bisbal, Bustamante, Melendi, tonos rumberos, flamencos, salseros, merengues, sevillanas, un poco de todo, vamos— Las copas se subían rápido, por la escasa ingesta anterior. Los de abajo triunfando una y otra vez (la verdad es que las niñas eran muy enrolladas). La Joyería no está mal del todo, hay bastantes perchas, pero tiene un defecto: pocos sitios donde dejar tu copa vacía. Consecuencia: necesario echar mano de una especie de acomodador, que con linterna en mano busca las copas y botellas abandonadas a lo largo de los rodapiés.

Cierre a las cuatro. Discusión en el grupo (¿seguimos?), yo no doy más de mí, una chica de las nuestras se escapa. Por supuesto, yo también me largo con ella. Sendos búhos cogidos por los pelos en Cibeles. El mío (el N21) se va llenando de forma alarmante —¡Échense hacia atrás!, grito conminatorio del conductor, que provoca las rechiflas del personal. En Moncloa, cojo a tiempo el 901 (Laus Deo!) , intenso aroma a hierba: hay cosas que nunca cambian.